Valparaíso, 2 de enero de 2023
Me pregunto si seré capaz de mantener este diario durante todo el año y escribir en él cada día. La respuesta más honesta es que no. En algún momento fallaré. Habrá un día —seguro— en el que no escriba. Aun así, la pregunta importante no es si fallaré, sino hasta dónde puedo llegar. Si en el peor día del año consigo escribir aunque sea cinco minutos y sostengo esa continuidad mínima, quizá ocurra algo parecido a un pequeño milagro.
Hay otras rutinas que también me gustaría consolidar: estudiar idiomas a diario, por ejemplo. A eso se suma la preparación de las clases que imparto en una universidad chilena, una tarea que exige constancia y atención sostenida.
El problema es que, en la práctica, el trabajo principal lo absorbe casi todo. Las jornadas se alargan y, cuando terminan, la energía mental está tan gastada que apenas queda margen para algo que no sea descansar. Esa inercia es peligrosa. No porque descansar sea un error, sino porque se convierte en la única opción posible.
Empiezo a pensar que necesito poner límites más claros. Doce o catorce horas de trabajo pueden ser aceptables de forma excepcional, pero no deberían repetirse ni convertirse en la norma. No es sostenible, ni a corto ni a largo plazo.
Y entonces aparece la pregunta incómoda: ¿qué pasaría si un día trabajara solo ocho horas? Probablemente, nada grave. El trabajo no se vendría abajo. Simplemente retomaría al día siguiente desde donde lo dejé. Y si aun así no fuera suficiente, quizá habría que plantearse algo más profundo: un cambio de organización, de prioridades o incluso de rumbo.
Tal vez la continuidad que busco no dependa tanto de la disciplina heroica como de aprender a proteger el tiempo y la energía. No para hacerlo todo, sino para poder sostener lo que de verdad importa.
Deja una respuesta
Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.