Valparaíso, 3 de enero de 2024
He terminado El cuento de la criada. Me ha gustado, pero sobre todo me ha sorprendido. Durante años no me atrajo y tampoco comprendía bien su prestigio. Tras leerlo, esa fama no solo me parece comprensible, sino plenamente justificada. Hasta el punto de que ahora siento curiosidad por ver alguna de sus adaptaciones.
Los prejuicios nos privan a menudo de experiencias valiosas. No ocurre solo con los libros. Pasa en casi todos los ámbitos. Decidimos de antemano qué nos va a gustar y qué no, qué merece nuestro tiempo y qué no, sin habernos detenido siquiera a mirar con un mínimo de atención.
Me pregunto con frecuencia hasta qué punto soy prejuicioso. O hasta qué punto lo somos todos. Qué disposición hace falta para acercarse a lo nuevo con apertura, sin convertir la desconfianza en un reflejo automático.
No sé si existe una fórmula para ser más receptivo, pero tengo la impresión de que quienes se permiten observar antes de juzgar suelen llevar una vida más rica, o al menos más interesante, más llena de descubrimientos y momentos inesperados. Justo lo que se pierde cuando uno se refugia en una idea demasiado rígida de cómo deben ser las cosas.
He disfrutado El cuento de la criada. Y me alegro de haberme equivocado. A veces basta con bajar la guardia para encontrar algo valioso que llevábamos años evitando sin una buena razón.