Dieciséis de julio

Desde que era una niña, cada dieciséis de julio se repetía la escena: a primera hora, repicaba el timbre con regocijo. Lucía sabía quién llamaba, incluso antes de abrir. Su padre sonreía al otro lado de la puerta, recién llegado de donde entonces residiera o le hubieran desplazado sus quehaceres. Apenas oía la campanilla, la pequeña se apresuraba al recibidor, voceando con urgencia: “¡Abre, mamá, abre! ¡Es papá!”

Lucía había celebrado todos sus cumpleaños de la misma forma, siguiendo una rutina que su padre estableció durante su infancia. Aunque el resto del año se vieran poco, ambos tenían la certeza de que el dieciséis de julio estarían juntos. La muchacha preparaba su mochilita la víspera, ufana con el programa que le esperaba: toda una jornada con su progenitor, incluyendo la estancia en el Hotel Mediterránea Plaza.

Padre e hija comenzaban el itinerario con un paseo por el malecón, agarrados de la mano, hasta llegar al faro. Allí el adulto invitaba a Lucía a soñar: “Cierra los ojos y piensa en aquello que más deseas.” La chiquilla apretaba los párpados y, aunque se lo reservaba, anhelaba disfrutar de la conmemoración, junto a papá, dentro de trescientos sesenta y cinco fechas.

Pero ahora, aquel tiempo había quedado atrás. Lucía ya no era un cría. Era el primer julio, en veintitrés años, que no estaba acompañada en el malecón. Se esforzó en obviarlo, apagó la mirada y deseó no extrañar la presencia de su progenitor durante su día. En ese preciso instante, un buque que zarpaba se despidió del puerto haciendo zumbar su sirena.

Lucía reanudó el hábito de su aniversario. Prosiguió hasta el mirador de la Ereta. Compró un helado de turrón y lo saboreó mientras contemplaba la bahía a sus pies. El paladar se le llenó de su niñez. Revivió a su ancestro, gozando con la vida urbana que desde el mirador se dominaba: “¡Mira, Lucía, mira toda esa gente de acá para allá, se diría que algo importante les aguarda! Mira, hijita, cuántos automóviles en la explanada. Y aquel barco en la bocana, ¿a dónde llevará su cargamento? ¡Cuánta vida se adivina desde aquí, mi niña!” Qué ironía pensar en él, ahora, remarcando la existencia que corría ante ellos.

Le apetecía a Lucía seguir con el programa. Llegaba su parte favorita. Bajó la ladera del monte y llegó hasta la Plaza del Ayuntamiento, a las mismas puertas del hotel. Entró a la recepción portando su mochilita, aunque escondida en el macuto, ya no tenía edad para bolsos infantiles.

—Buenos días, tengo una reserva. Mi nombre es Lucía Letrán.

—Sí, señorita Letrán. Le estábamos esperando. Hemos reservado la habitación habitual. Le deseamos un feliz cumpleaños.

La mirada de Lucía se vidrió, pero supo contenerse. Sonrió, tomó la llave y subió hasta el octavo piso. Pasillo a la derecha, última puerta, habitación 816. Abrió, el familiar aroma le reconfortó. Fue directa hasta el ventanal. ¡Qué poco había cambiado aquel panorama! Quizá el bulevar se veía más arbolado, lo demás permanecía casi igual. Lucía evocó a su padre señalando con entusiasmo: “¿Has visto el tiovivo lleno de niños?” Ella sabía que a la tarde pasaría un agradable rato en aquel carrusel. Lucía sonreía rememorando la alegría de su progenitor. Dejó la bolsa de viaje sobre una de las camas. Esa noche no compartiría habitación, aquella era la diferencia fundamental sobre los anteriores aniversarios. Suspiró mientras se convencía de que no cedería a la tristeza. Era su día y seguiría con la rutina instaurada desde su niñez. Llegaba el momento del almuerzo.

La joven se presentó en la entrada del restaurante del hotel.

—Hola, soy…

—Lo sabemos —la interrumpió la encargada con una sonrisa,- es usted Lucía Letrán. Su mesa está lista.

Los ojos de Lucía brillaron sorprendidos. Era su padre quien acostumbraba a arreglar estas cosas. Y este año, al faltar, fue ella quien reservó el cuarto, pero no recordaba haber pedido mesa. La sorpresa aumentó cuando la acomodaron el rincón habitual, aquella mesita recogida que daba al jardín. Sin siquiera abrir la carta, le sirvieron su bebida preferida: zumo de granada, con unas gotitas de sirope de menta. Miró en torno suyo, tratando de desenmascarar el misterio. Lucía comenzó a temblar emocionada, ese zumo solía preceder a la entrega del regalo paterno. Pero este día, por razones obvias, no podía recibirlo. Lucía agachó la cabeza y entornó los párpados. Quizá no había sido una buena idea esta celebración. La intención de sentirse cercana a papá había funcionado, pero el plan comenzaba a decaer. Lucía inspiró hondo, era demasiado tarde para arrepentirse. Aunque no hubiera regalo, seguiría adelante.

Al alzar la vista, su sorpresa fue tan grande que la acompañó de un ridículo gritito. Frente a ella formaban siete, nueve, doce personas… Todos sonrientes, ataviados con su uniforme de trabajo. La miraban con sencillez y alegría. Allí estaban los cocineros, con sus gorros blancos, también la elegante señorita de la entrada, los camareros y los recepcionistas, hasta un técnico vestido de azul mecánico. En primera línea, comandaba el director del hotel. Extendió sus manos y ofreció un regalo a Lucía, mientras decía:

—Señorita Letrán, no se imagina lo felices que nos hace volviendo a celebrar su cumpleaños entre nosotros. No solemos actuar de esta manera, pues la discreción es uno los valores que con más ahínco ofrecemos a nuestros clientes. Pero consideramos que no le importaría esta excepción, pues al fin y al cabo, a usted le hemos visto crecer en nuestra casa. Sabemos que no podemos ocupar el puesto de su pariente, pero nos encantaría que pudiera sentir el cariño que le tenemos. Tenga usted un muy feliz día.

La sonrisa de Lucía llegó a todos los rincones del hotel. En el puerto, otro buque hizo sonar su sirena. El resto de comensales irrumpieron en un aplauso y Lucía se sintió dichosa.

© Felipe Cutillas Turpin. Todos los derechos reservados. Prohibida su reproducción, distribución, comunicación pública, transformación y cualquier uso, incluido el entrenamiento de sistemas de inteligencia artificial, sin autorización escrita del autor.