El instante consecuente

Miguel, sentado sobre una lata vacía de aceite, recostaba su espalda en la puerta del viejo automóvil, apoyando su cabeza contra el cristal, mientras Ángela, sentada en el suelo, descansaba con los ojos cerrados reclinando la cabeza sobre el muslo de Miguel.

No habían dormido en toda la noche; se podían apreciar las señales de la fatiga en sus rostros. Miguel sentía en su cuerpo el frío de la mañana temprana, miraba al horizonte, a través del extenso campo que se abría ante sus ojos. Aún tenía quehaceres pero podía esperar un poco, no había urgencia y la vista del olivar merecía la pena; más tarde cumpliría con su obligación., ahora le apetecía seguir allí, descansando junto a Ángela.

Hacía tanto tiempo que estaban juntos, se diría que toda una vida, que casi no recordaba cómo la conoció. Por aquel entonces, en su juventud, Miguel no tenía una vida muy ordenada, pero lo cierto es que Ángela vivía aún con más desorden que él. Había olvidado los detalles de su primer encuentro, tan sólo recordaba vagamente la belleza irracional de Ángela. Era la mujer por la que suspiraban todos los hombres que acudían al local donde trabajaba. Ella se ofrecía a todos y a ninguno; a todos les ofrecía su cuerpo, a cambio de una recompensa que a la mañana siguiente le permitiera olvidar a quién se había entregado por la noche; a ninguno le ofrecía su corazón, que se había endurecido hasta convertirse en roca a causa de su profesión. Cómo había llegado Miguel a desposar a Ángela era algo difícil de explicar: Podría deberse al deseo de Ángela de huir de aquel lupanar repugnante o a la asfixia que le provocaban las deudas contraídas por sus nefastas aficiones; podría deberse a ambas a un tiempo y a otras muchas. Pero lo cierto es que Ángela no se unió a Miguel por amor.

En este momento, después de tantos años, poco importaba cómo se conocieron. Miguel pensó en ello mientras alzaba el cuello de su abrigo para protegerse del rocío matinal. A pesar de su edad aún conservaba una espesa mata de pelo juvenil y revuelto; de no ser por las arrugas que vivían en su rostro hubiera parecido diez años menor de lo que era. Buscó su pitillera de plata en el bolsillo de su abrigo. Antes de sacar un cigarrillo se detuvo mirando la fotografía que adornaba el interior de la petaca. Era el retrato de su Samuelcito, el único hijo que habían engendrado Miguel y Ángela, aunque había querido a los otros como si fueran suyos propios y les había cuidado con la misma atención que a Samuel. Cuando Ángela volvió a quedar encinta se rumoreó en el pueblo que tampoco éste era hijo de Miguel, pero su parecido físico no dejó lugar a dudas y cuando el joven Samuelcito comenzó a crecer nadie volvió a sospechar de su filiación. Su carácter sumiso, apocado, conformista, calcado del de su padre, corroboraba igualmente su procedencia.

Miguel hubiera llorado con la misma sinceridad a cualquiera de los hijos de Ángela que crió, pero el fallecimiento de Samuel le apenó con mayor intensidad, pues a la pérdida de su vástago, se unía el triste convencimiento de que el motivo de su muerte era la escasa fortuna que le brindó su padre. Los hijos de Ángela eran de naturaleza rebelde, a pesar de la buena fe que en su crianza pusiera Miguel. No parecían dispuestos a marcharse de este mundo hasta dejar tras de sí un largo historial de fechorías. Samuelcito era la excepción, el único que parecía guiado por la buena senda, y nadie dudaba que la razón era la sangre de Miguel que corría por sus venas, así como no ser fruto de la promiscuidad de su madre, sino del amor que a ésta le profesaba su marido.

Miguel sacó un cigarrillo de la pitillera, lo encendió y chupó con avidez. Exhaló el humo mirando hacia el cielo y vio ascender la nube hasta desvanecerse en el aire, igual que en su día se habían desvanecido sus sueños; todo lo que había imaginado, todo aquello que había deseado en un tiempo, todo se había esfumado con el transcurrir de los años. Todos esos sueños habían subido, como el humo de su cigarrillo, y habían desaparecido en el aire. Lo que le quedaba eran años de trabajo en la cantina, sirviendo ron y jarabe desde la mañana hasta la noche. Le quedaba, metido en su piel, el olor del tabaco viejo que fumaban los mineros, después de tantos cigarros liados a su alrededor, en los atardeceres junto a la estufa de la cantina. Le quedaban las risas socarronas y las voces descompasadas que le gritaban al pedirle, como si fuera un animal al que sirven su comida con desprecio tras dos días de hambre y soledad. Le quedaba la mirada del último hombre que había subido las escaleras detrás de Ángela, dispuesto a saciar su libido con la única mujer del pueblo que no le pediría que se lavara antes de entrar en su cama. Le quedaba, sobre todo, esa mirada, que le clavaba al suelo y le pesaba como una cruz sobre sus hombros. Porque Miguel amaba a Ángela, a pesar de todo, era su mujer y la amaba.

Un camión apareció en la lejanía, al final de aquella polvorienta carretera rectilínea, inacabable, infinita. Tardó una eternidad en llegar al remanso donde había detenido su automóvil Miguel. Sin embargo, cruzó tan rápido ante sus ojos que ni siquiera pudo fijarse en los detalles y quedó inmerso en una nube de polvo que seguía al camión como si fuera su propia sombra. El polvo cayó sobre su cabeza y la de Ángela, sobre sus cuerpos y a su alrededor. Todo fue polvo durante un instante. ¡Cuánto tiempo había tardado en llegar el camión tras enfilar la carretera y qué poco en cruzar ante sus ojos! Una eternidad hasta aquí, tan sólo un segundo en pasarlo y dejarlo atrás, como el ferrocarril deja atrás una estación cerrada largos años, olvidada por todos, ninguneada, cubierta de polvo y alejada.

Pensó que así había sido su vida: Una eternidad hasta llegar a esa mañana fresca, cuando detuvo su automóvil en el pinar y sentó a Ángela a su lado para mirar juntos al sol saliendo tras los olivares. Tantas mañanas tristes, tantas noches rumiando desgracias en su jergón, tanto humo tragado en la cantina, tantas miradas de hombres lascivos clavadas en su frente, como si pretendieran herirle físicamente, como si no fuera suficiente hacer jadear y enloquecer de placer a su esposa y también necesitaran el sufrimiento y la locura de celos de Miguel para su propia satisfacción. Había sido tan largo el trecho hasta este momento que aquella mañana le parecía una gota de agua en el mar, un único tictac en la vida de un reloj, una ínfima porción de tiempo en una eternidad. Y en verdad era eso, sólo un segundo en una vida, el último segundo, la consecuencia de todos los demás. El instante al que habían conducido todos los instantes anteriores, todo aquel tiempo lleno de ron y jarabe, de humo de tabaco viejo y de miradas de hombres en celo. Y todos esos segundos habían llevado a este frío instante, a esta mañana fresca de otoño, cuando Miguel fumaba mirando al cielo, con la cabeza de Ángela apoyada en su muslo, descansando junto a su viejo automóvil. Tan rápido como había cruzado aquel camión ante sus ojos, así pasaba ahora su vida ante él.

No había ira ni arrepentimiento en su conclusión. No iba con el temperamento de Miguel el mirar al pasado con resentimiento. Quizá hubiera resignación pero no había tenido la oportunidad de elegir. Incluso en la cantina, cuando veía a Ángela subir las escaleras seguida de algún macho enviciado que babeaba tras ella, incluso en esos momentos indignos y viles, Miguel no había podido elegir. Su esposa era una de esas naturalezas inabordables que reside en otra dimensión, inabarcable, lejana, fuera del alcance de Miguel. Él lo sabía, compartía su vida, mas no era su compañero; la seguía, pero no caminaba a su lado. Él la amaba; lo que ella sentía por él era algo levemente parecido al amor, lo más similar que el corazón de Ángela fuera capaz de albergar, pero muy distinto de lo que se ha convenido en llamar amor.

El sol comenzaba a despuntar tras los olivares. Los primeros rayos azotaron la cara de Miguel y le hicieron entornar los ojos. Ángela seguía con la cabeza apoyada en su muslo; comenzaba a estar cansado de aquella postura. Pensó cuanto le hubiera gustado cansarse de amor y le pareció un pensamiento estúpido, por lejano de la realidad. Ángela siempre le llamaba apocado y, a la menor ocasión, le reprochaba que tenía que yacer con cualquiera que le hiciera gozar porque su marido era un afeminado que nunca la había metido en calor. Miguel jamás contestaba y escuchaba estas frases hirientes con la misma disposición e indiferencia con que atendía a los mineros en la cantina, cuando le ladraban para pedir ron y jarabe. En el fondo, había creído a Ángela y la disculpaba de su promiscuidad, considerándose en cierto modo culpable de la reputación de su esposa, que debía quedar por lasciva y alegre entre sus paisanos, cuando sólo buscaba que la consolaran de la impotencia de su marido. Aunque a decir verdad, Miguel consideraba que Ángela buscaba consuelo con demasiada frecuencia y que el criterio de elección de su acompañante no era de mucho rigor, pues cualquier hombre, a poco que le invitara a ron y le metiera la mano con gracia bajo la blusa, era un candidato a compartir cama con Ángela. Tan sólo quedaban excluidos los afeminados, como Miguel, que nunca hubieran metido en calor a una mujer de tal fogosidad.

Igual que el olivar que se alzaba ante su vista no había elegido la ladera de la colina, ni el pinar en el que descansaba había decidido crecer en el remanso de la carretera, Miguel no había elegido su tarea de aquel día; se había visto abocado a ella como una imposición natural.

Tampoco había podido elegir sobre la vida o la muerte de Samuelcito. Si de él hubiera dependido, su hijo seguiría con vida, aunque hubiera tenido que cambiarla por la suya propia, pero no, Miguel no pudo elegir. Y eso que sabía bien que con El Perro Hernández era mejor no tener pleitos. Se decía que había matado a tres personas con sus propias manos y en el pueblo nadie lo ponía en duda. Miguel nunca había tenido trato con El Perro Hernández, a no ser que pudiera nombrarse así a los contactos sexuales que su esposa mantenía con el minero. Todos evitaban cruzarse en el camino de El Perro Hernández, pero Ángela pasaba buenos ratos con él, y más podría decirse que era ella quien buscaba los encuentros con el hombretón que lo contrario.

La tarde a la que nos referimos, cuando Miguel no tuvo elección entre la vida o la muerte de Samuelcito, El Perro Hernández llegó ya borracho a la cantina, y allí siguió bebiendo hasta acabar una botella de ron. Se levantó y, asiendo a Ángela por la muñeca, le hizo subir las escaleras casi a rastras. Aquella tarde El Perro Hernández se satisfacía como un animal, mas Ángela no parecía desentonar en el cuadro.

El pobre Samuelcito tampoco había podido elegir. Si le hubieran dado opción, no se hubiera quedado encerrado en aquel cuarto, viendo como su madre y El Perro Hernández desbocaban sus instintos. Asustado por la violencia con que el hombre sacudía su pelvis contra la de su madre, el niño Samuel comenzó a gimotear. El Perro Hernández, enajenado a causa de la excitación y del alcohol, desconcertado por el llanto de la criatura, se abalanzó sobre Samuelcito y con su gigantesca mano le agarró por la garganta. Mientras le zarandeaba, agitándolo sañudamente por el cuello, le gritaba:

—Pero ¿qué demonios haces tú aquí? ¿Te gusta mirar? ¿Te gusta mirar como jodo a tu madre? ¿Lo pasas bien? Demonio de crío.

Ángela, desnuda sobre la cama, le suplicaba que dejara al niño, pero El Perro Hernández estaba fuera de sí. Samuelcito pataleaba, estremeciéndose de dolor y miedo, contribuyendo a acrecentar el nerviosismo del brutal minero.

—Yo te enseñaré lo que es bueno. Ahora sí vas a mirar. Y podrás ir a contárselo al maricón de tu padre.

Mientras decía esto, y dándole un brusco golpe en el costado, giró el cuerpo de la mujer, dejándola boca abajo sobre el jergón. De su musculoso brazo pendía el cuerpecito de Samuel, y con el otro sujetaba la cadera de Ángela.

—Mira ahora, y cuéntale a tu padre cómo le gusta joder a su mujercita.

Y mientras seguía zarandeando a Samuelcito, sodomizó a la madre del niño. Víctima de la violencia de El Perro Hernández y de la infame escena que se desarrollaba ante su vista, a Samuel comenzó a faltarle el aire, su cara comenzó a amoratarse y sus ojos se tornaron en blanco. Ángela gemía, mayormente de rabia por la agresión sufrida por ella y por su hijo, en parte por los empellones de El Perro Hernández, que continuaba desquiciado. Al mismo tiempo llegaron la consumación del forzamiento y el último latido del corazón de Samuel. El Perro Hernández arrojó el cuerpecito del niño sobre la madre desnuda que entre desolados llantos lo acurrucó en su pecho. El asesino bajó las escaleras y le pidió un vaso de ron al padre al que acaba de hacer huérfano de hijo. Lo bebió de un trago y se marchó sin pagar, mientras desde arriba llegaban los gritos desgarradores de Ángela maldiciéndole, amplificados por el mutismo que asolaba al resto de los presentes.

¿Qué podía haber hecho Miguel? ¿Acaso había tenido elección? ¿Hubiera sido más sensato dejar que El Perro Hernández le matara también a él antes de dejar la cantina? Si Miguel tuviera más arrojo, o si su carácter se lo permitiera, se hubiera enfrentado a la bestia que había asesinado a su hijito, pero todos sabían que Miguel era un apocado y un afeminado, y que por eso su mujer yacía con El Perro Hernández y con cualquier otro que pudiera meterla en calor.

Aunque casi nadie se acordaba ya de El Perro Hernández en el pueblo, Miguel no pasaba un solo día sin maldecir el aire que respirara el asesino de Samuelcito. Sin embargo, no quería que aquella mañana se llenara con el hedor que despedían esos negros recuerdos por lo que hizo un esfuerzo por borrar de su cabeza al malhechor.

Intentó traer a su mente algún momento agradable de su vida con Ángela. Buscó y rebuscó en los rincones de su memoria y se sorprendió al no hallar felicidad en su pasado común. Él hubiera jurado que, entre todas las miserias y desgracias que soportaba, había instantes felices que le compensaban. Esa mañana fría, con Ángela sentada a su costado, se afanaba infructuosamente por recordarlos. ¿Podría ser cierto que no hubieran existido tales momentos dichosos en su matrimonio? ¿Quizá había vivido ensimismado en un engaño propio que le ayudara a sobrevivir aquella malhadada vida?

Miró el círculo rojizo que se elevaba tras los olivares. Su poderosa luz le cegó. Quería terminar así su tarea, sin mirar alrededor, sin que ninguna imagen de esta tierra le acompañara en su viaje. La cabeza de Ángela pesaba en su muslo, ella era la compañía que necesitaba para culminar su obra. Pensó así mismo en Samuelcito, se concentró en recordar toda su figura, sus delicados movimientos, su carita agraciada, sus manos inocentes. Retuvo esta imagen en su cerebro, para que formara parte también de su equipaje; era ésta la que quería que permaneciera en su retina en el momento crucial. Partiría para reunirse con Ángela y Samuelcito y juntos formarían en algún otro lugar una familia feliz, esta vez sí. Samuelcito hacía tiempo que le esperaba en aquel lugar, y a Ángela la había enviado allí hacía un par de horas.

El fogonazo que le sacudió la sien apagó la luz rojiza en sus ojos, cegándole aún más en la última mirada que se llevó de este mundo. Él no había elegido este final, pero ¿acaso había otra opción?

Alicante, 15 de junio de 2003

© Felipe Cutillas Turpin. Todos los derechos reservados. Prohibida su reproducción, distribución, comunicación pública, transformación y cualquier uso, incluido el entrenamiento de sistemas de inteligencia artificial, sin autorización escrita del autor.