Eran los primeros días de marzo y el invierno quebequés agonizaba, acechado por la tibieza del sol y la claridad del cielo, que se afianzaban en las mañanas de Chicoutimi. Los aleros de los tejados, hasta entonces tan sólo ocupados por los témpanos y los bloques de hielo, acogían de nuevo bulliciosos pajarillos, y los jardines, emblanquecidos por la nieve desde hacía meses, comenzaban a verdear.
Lejos de la ciudad, en el bosque de la Riviére-du-Molin, la primavera ganaba terreno con firmeza, y como cada año, su llegada se acompañaba con la aparición de nuevos moradores entre los animales y la vegetación forestal. En esa época de novedades, un arbusto había brotado, izando su tallo apenas unos centímetros sobre el suelo, cerca de donde florecía un espléndido jazmín amarillo. Era una flor bellísima, muy extraña en esta región y a la que todos los seres del bosque admiraban por su encanto y hermosura.
El arbusto, un abeto de un verdor intenso, observaba con curiosidad al jazmín amarillo, con el fin de escrutar la rutina del bosque al que acababa de llegar. Muy pronto descubrió que ninguna otra flor del contorno era tan atractiva y deseada como su vecino jazmín, al que venían a contemplar desde muchos lugares y numerosas especies diferentes.
El primer día llegó un cuervo, con su fúnebre pelaje negro y sus graznidos detestables, y el jazmín le sonrío. El abeto, intrigado ante los esfuerzos del jazmín por agradar al pajarraco, prestó atención. Aprendió que la flor estaba triste porque, al principio del invierno, un hermoso pino crecía muy cerca de allí y el jazmín le apreciaba mucho, pero desgraciadamente, una tormenta arrancó al pino de su lado y ahora no encontraba consuelo a su soledad. Por ello, a pesar de la fealdad del cuervo, el jazmín le sonreía buscando un alivio a la tristeza que sentía desde que el pino desapareció.
Durante varios días, el cuervo volvió al alba, contempló al jazmín amarillo durante toda la jornada, y se marchó al anochecer. En ese momento, el desánimo del jazmín se recrudecía y cerraba sus pétalos al fulgor de la luna, sumiéndose en un grave pesar. A la mañana siguiente, el jazmín se embellecía como si esperara la visita del más hermoso de los cóndores, a pesar de que el cuervo no merecía el favor de tan admirable ejemplar; mas aprovechándose de la tristeza del jazmín amarillo, pasaba largo tiempo contemplándolo sin reparos.
Una mañana, a la llegada del pajarraco, la preciosa flor no le abrió sus pétalos y el cuervo se marchó malhumorado, renegando del jazmín y de toda la belleza que éste le había brindado. Tan sólo una vez había sido repudiado, no obstante el cuervo nunca regresó, quizá herido en su amor propio, aunque lo más probable, aburrido de la delicadeza de la flor, pues no era natural que un pájaro tan vulgar apreciara una hermosura tan sutil.
El abeto presenció su partida con satisfacción. Unos minutos después, el jazmín se abrió al sol de la mañana, liberando una gota de rocío que corrió por su tallo como una lágrima que despidiera con tristeza al cuervo. El arbusto pensó en la bondad del jazmín, capaz de conmoverse por la partida de alguien tan grotesco como ese negro pajarraco.
Al alba del siguiente día, el jazmín ofreció su hermoso color amarillo al cielo límpido. Un cuervo, que por su parecido podría confundirse con el anterior, se posó cerca del jazmín y disfrutó contemplándolo. Tampoco a él le negó la flor su hermosura, pues supuso que sería alguien cercano al primer cuervo y no quiso mostrarse grosera. Pero más tarde, pensó que tampoco este pájaro merecía su belleza, y en sucesivas ocasiones, cuando lo veía acercarse, cerraba su corola y se negaba a ofrecerle al cuervo nada más que el indiferente tallo.
Pasó algún tiempo, y con la llegada del verano nuevos habitantes acudieron al bosque. Los más llamativos procedían del norte de África. Eran tres leones del Atlas, extraviados de un circo que acampó en Montreal. El primero de ellos que vino a contemplar el jazmín amarillo era un animal orgulloso y enamorado de sí mismo; creía que ningún otro ser viviente era tan hermoso como él y que ni siquiera la flor más bella del bosque se merecía ser contemplada por él, el morador más sublime de la Riviére-du-molin.
El abeto asistió con resignación a los intentos del jazmín amarillo por conquistar al león. Algunos atardeceres, durante la anaranjada puesta de sol, el jazmín lucía glorioso y el felino se acercaba a contemplarlo, pero sólo el tiempo suficiente para disfrutar de su belleza sin que la flor pudiera sentirse ensalzada.
Así ocurrió en tres o cuatro ocasiones, según pudo comprobar el abeto, hasta que una tarde, aprovechando que el león del Atlas no estaba cerca, otro de los felinos llegados de África se sentó junto al jazmín y aprovechó para admirarlo durante todas las horas de luz, hasta que la noche le obligó a marcharse. Cuando esta situación fue conocida por el primer león, hubo una feroz lucha entre los dos animales, pues ambos se creían con el derecho exclusivo de disfrutar del bello amarillo del jazmín. El arbusto vio como la flor entristecía nuevamente a causa de esta batalla. En mitad de su llanto, y aprovechando la confusión entre los dos leones, el tercero de los felinos hizo su aparición ante el jazmín amarillo y la flor, ansiosa y necesitada de admiración, se ofreció sin remilgos al más humilde de los fieros leones africanos.
Desde esos días del final del verano, hasta el principio del invierno, el animal merodeó junto a la flor y se obsequió con su belleza en las mañanas frías y en los atardeceres solitarios. El jazmín amarillo comenzó a cansarse de este león, y poco a poco perdió la ilusión por sus visitas, hasta el momento en que decidió no volver a aceptar su contemplación.
El crudo invierno había tomado posesión del bosque y las flores debían aceptar su languidez durante los meses venideros de severas heladas. El jazmín continuaba ofreciendo sus pétalos a los habitantes del bosque, pero en esa época del año, todos estaban más preocupados en sobrevivir hasta la llegada del calor que de disfrutar con la belleza de la flor. Todos excepto el arbusto, que durante el buen tiempo había crecido y ahora era un apuesto arbolito al que muchas flores del bosque hubieran querido tener a su lado. El abeto admiraba al jazmín y le contemplaba con cariño cuando abría sus pétalos del color del sol, pero la flor no parecía fijarse en su vecino arbóreo. Alguna vez había reparado en él, pero sin darle demasiada importancia. El abeto reiteró su admiración hacia el jazmín varias veces, pero la flor volvió a rechazarla. Cansado por el poco interés que la planta mostraba en él, el arbolito pensó que era desafortunado por haber crecido junto a una flor tan caprichosa. Deseó tener la oportunidad de conocer otras flores y se esforzó por crecer en el sentido contrario al del jazmín, alejándose de la flor que no apreciaba su compañía.
Cuando pasaron algunas semanas, el jazmín reconoció que nadie se interesaba en él, y con una tristeza infinita aceptó el letargo invernal, cubriéndose de nieve hasta la llegada de la próxima estación.
Tras varios meses en los que la vida del bosque se detuvo casi por completo, los habitantes de la Riviére-du-Molin parecieron renacer con el comienzo de la primavera. Volvieron los cuervos, nuevos árboles y flores brotaron entre los que ya vivían allí, los leones del Atlas retomaron su reinado forestal, y regresaron los demás pobladores que habían pasado el invierno en el sur: águilas, ciervos, ratones, búhos… toda clase de animales, naturales de aquella región o llegados después de mil aventuras.
El jazmín despertó con esfuerzo. Abrió sus pétalos al sol y sintió un extraño escalofrío. Creyó que se debía al largo periodo de hibernación, pero después de unas horas sospechó que el motivo de su malestar era otro. Se acordó del pino que durante mucho tiempo habitó a su lado, antes de aquella tormenta que se lo llevó y se sintió triste por su ausencia, pero la aceptaba con serenidad, por lo que también desechó esto como la razón de su amargura.
Varios cuervos vinieron a revolotear a su alrededor, pero el jazmín ni siquiera reparó en ellos. Los leones del Atlas también se aproximaron, pues la flor amarilla seguía siendo muy bella y todos querían acercársele, pero tampoco los felinos lograron que se mostrara ante ellos. Otros animales intentaron contemplar su hermosura, pero el jazmín los ignoró como a los otros y no les ofreció ninguna de sus lindezas. Seguía angustiado y no lograba hallar la causa de su desazón.
Sin saber porqué, pensó en el joven abeto que creció a su lado la primavera pasada y una ola de tristeza le recorrió desde los pétalos hasta la raíz. Supo inmediatamente que su angustia provenía de la ausencia del abeto, quien ignorado una y otra vez, había decidido renunciar a aquella magnífica flor y crecer en otra dirección. El jazmín amarillo comprendió al fin que nunca sería feliz mostrando su belleza a especies tan diferentes a su naturaleza como cuervos o leones, y que sólo otro ser vegetal podría darle la felicidad, como el abeto hubiera hecho en caso de habérselo permitido.
El jazmín se esmeró en lucir su perfecta beldad para recuperar al árbol. Abrió sus pétalos con el color más bello que pudo captar, un amarillo calcado del sol del atardecer, y mostró todas sus formas en su máximo esplendor: el cáliz verde rivalizaba con los pétalos en hermosura, los pistilos adquirieron una tersura que invitaba a olfatear su admirable perfume, el tallo se irguió con solemnidad elevando la corola con elegancia; toda la flor se convirtió en una expresión soberbia de dulzura, belleza y encanto.
Muchos animales llegaron atraídos por el divino espectáculo del jazmín amarillo, pero ninguno consiguió que la flor se desviara de su inicial intención de vivir junto al hermoso arbolito que había brotado a su lado. Pero, a su pesar, éste seguía creciendo en la dirección contraria, sin prestar atención a su antigua admirada flor.
El jazmín se sumió en una profunda melancolía y admitió que merecía el desdén de su vecino, por no haberle valorado cuando debía. El arbusto, ahora un magnífico abeto, seguía pensando con añoranza en la florecilla, pero se esforzaba por olvidarla, pues no quería sufrir otro revés en sus ilusiones. El jazmín, sumido en la ansiedad, pensó en dejarse marchitar, pues no quería volver a ofrecer su belleza a otro que no fuera el abeto. Pero no se dio por vencido y retomó el espectáculo de mostrarse en toda su plenitud. Refulgió aún con más intensidad y podría decirse que nunca una flor fue tan bella en todo el continente.
El abeto no pudo abstraerse por más tiempo y se vio obligado a reconocer la belleza del jazmín amarillo. Sospechó que no era él a quien se ofrecía, pero se dijo: “Bueno, ¿qué puedo perder?”, y se decidió a contemplar al jazmín a pesar del temor a su rechazo. Para su sorpresa, no sólo no fue repudiado, sino que fue admitido con alegría por la flor.
Temió entonces que al día siguiente fuera distinto, pero nuevamente se sorprendió al comprobar que el jazmín amarillo seguía mostrándole todo su esplendor. Y al otro día ocurrió lo mismo, y al otro. Y así durante toda la primavera.
El verano llegó, y el jazmín seguía amando la compañía del abeto. Éste, a su vez, complacido por la belleza del jazmín y por su generosidad al mostrársela, comenzó a virar de nuevo el sentido de su crecimiento. No era fácil, puesto que ahora ya no era un arbolito, sino un majestuoso abeto de varios metros de altura, por lo que corregir su dirección le exigía mucha dificultad, sin embargo perseveró, animado por su bella acompañante, hasta que juntos vencieron las adversidades y sus raíces aceptaron resituarlo junto al jazmín amarillo.
Así vivieron durante mucho tiempo y su historia de amor nunca terminó. Los cuervos marcharon a otro lugar, los leones del Atlas fueron capturados por los propietarios del circo, y los demás animales siguieron cortejando a flores presumidas. Pero el abeto y el jazmín amarillo no volvieron a separarse nunca más y siguieron sus vidas el uno junto al otro.
Aún hoy, si paseas por el bosque de la Riviére-du-Molin y prestas atención, en un recodo del camino que bordea el río, junto a la fuente seca en la que viven las ardillas, podrás ver un soberbio abeto que cobija junto a él al más hermoso de los jazmines amarillos. Aproxímate y apreciarás el amor que les une y la alegría que comparten el árbol y la flor, felices hasta la eternidad.
Chicoutimi, 13 de marzo de 2003