El trayecto

· Publicado en la web de Anceo (2003).

Me tumbé en un sucio colchón que ocupaba el rincón de la sala. El suelo estaba repleto de vidrios de botellas rotas, cascotes de un murete semiderruido, cagadas de ratas y de hombres, un periódico amarillento y manchado, bolsas de plástico y otras basuras: un caos de desechos que impedía reconocer la anterior función de la habitación, el despacho del interventor ferroviario. Pero tras dos décadas de abandono, ninguna de las estancias de la antigua estación de ferrocarril presentaba mejor aspecto.

Rebusqué entre la inmundicia hasta que encontré la cuchara, y aplicando bajo ésta la llama de un mechero, calenté la disolución de heroína.

La aguja de la jeringuilla aspiró el líquido y tras pinchar ácidamente en mi vena femoral, introdujo un cálido placer acuoso en mi cuerpo, mientras mi mente se ausentaba en un evanescente retiro, tenue y algodonoso.


Abriéndose paso entre la bruma, el tren avanzaba con parsimonia, mas con una inexorable constancia, cortando la niebla y anudándola con el vapor que despedía la locomotora.

El traqueteo despertó al niño. Su vagón estaba ocupado exclusivamente por varones de su edad, críos que no tendrían más de siete u ocho años. Súbitamente percibió todos los ruidos. El chuc-chuc del tren sonaba amortiguado por las risas de los chiquillos. Excepto él, todos reían de forma compulsiva, retorciéndose en los butacones de pino. El niño dirigió su mirada hacia fuera del vagón. La luz débil del interior, reflejada en el vidrio de la ventanilla —opaco a causa de la niebla—, espejeó el rostro del chaval, transformándolo a su vista en una calavera que ocultaba el huesudo cráneo bajo una capucha oscura y cuyas cavidades oculares parecieron mirarle desde el abismo.

El niño se aferró a los brazos metálicos del asiento y tensó su espalda con tanta violencia que el respaldo de madera clavó sus listones en las infantiles costillas.

Los chicos del vagón continuaban con sus incontroladas risas y dirigieron al mismo tiempo la vista hacia el atemorizado crío, que descubrió con crispación las oquedades también en las cuencas que lanzaban sus negras miradas contra él.

Se incorporó de un salto y recorrió el pasillo del vagón atropelladamente mientras las siniestras carcajadas retumbaban en sus tímpanos. Empujó con fuerza la puerta del vagón y, al abrirse, una nube de vapor frío inundó el compartimento.

Avanzó a tientas entre la niebla que iba disipándose frente al niño mientras velaba las tétricas presencias que dejaba a su espalda.

Cuando había andado unos metros, una brisa húmeda limpió por completo el aire. El pequeño entrecerró los ojos en una instintiva mueca de protección. Al cesar la corriente, se encontró en el centro de la pista de un solitario circo. Como en la cumbre de una montaña, un silencio fresco y misterioso envolvía al niño.

Inopinadamente, un payaso surgió de la nada. No era un hombre disfrazado de bufón, cuyo maquillaje descuidado apenas disimulara su verdadero rostro. Era en esencia un payaso, la encarnación de sus virtudes. Por ello, tras los vivos amarillos de su chaqueta y sus gigantescos zapatos y corbata rojos, tras su achatada nariz y el simpático pantalón bombacho, sólo podía percibirse un verdadero cómico, un bonachón y enternecedor payaso, cuya figura rechoncha, coronada por un sombrero hongo amarillo del que escapaban unos rizos rubios larguísimos, evocaba la empatía, la sabiduría y la consideración en su máxima expresión.

Tan sólo esta visión, produjo en el niño un enorme bienestar. Olvidó por completo el tétrico episodio recién sufrido. Un aura de confianza y tranquilidad manaba del payaso, que compartió con el niño al acercarse a él.

El colorido bufón cerró el puño de su mano. Al abrirlo dejó escapar una paloma que revoloteó alegremente sobre ellos, mientras una sonrisa iluminaba el corazón del niño. El pájaro describió una parábola para volver en un picado hacia la mano del payaso. El blanco alado se transmutó en una multicolor cascada de globos unidos por un hilo de seda.

Con un movimiento imperceptible a los ojos del niño, el payaso se los ofreció diciéndole con una voz meliflua:

—Libéralos, criatura, libéralos.

El niño percibió con sorpresa que era ahora su mano la que sujetaba los globos. Abrió su puño y éstos escaparon hacia la carpa del circo que los acogió con delicadeza.

Con un sordo estallido, todos los globos se rompieron a un tiempo, dejando escapar de su interior una lluvia de confetis. Millones de puntitos de color cayeron del cielo, rodeando al niño y abrazándolo entre caricias de arco iris.

El pequeño rió, pero no trágicamente como sus anteriores acompañantes en el vagón, sino con una risa clara repleta de pura felicidad y satisfacción. Sus ojos centellearon entre la cascada de color y se fundieron con la sonrisa que colmaba su entrañable carita.


Rafael Márquez pidió otro Martini. Entre las ventajas de su profesión estaban estos viajes que costeaba el periódico y le permitían alejarse de la redacción de “El Nacional” y de la agobiante atmósfera de México DF.

La cafetería del Hotel Fontanares, en la Gran Vía, era luminosa y amplia. Aluminio y caoba eran los únicos materiales empleados en el mobiliario y la decoración, moderna, discreta y funcional. Un amplio ventanal invitaba a presenciar el ajetreado ir y venir de los madrileños.

Rafael lanzó una ojeada furtiva al exterior, sorbió un trago de su copa y prosiguió con la entrevista:

—¿Se sintió usted colmado al recibir el prestigioso premio “Príncipe de Asturias de la Lucha Social” a manos del mismo Don Felipe de Borbón? ¿Supuso para usted la culminación de una vida de sacrificios y entrega a los demás? —preguntó clavando su mirada en los ojos del político.

—Se equivoca usted, lo lamento —respondió con frialdad el gobernante—. Para mí fue un honor recibir ese galardón. Lo considero la máxima recompensa material a la lucha que inicié hace tanto tiempo, aún más al llevar el nombre de Su Alteza Real —apostilló con diplomacia el político-. Pero yerra usted en lo básico, mi querido señor Márquez. Mi vida no ha sido una sucesión de actos desinteresados y de entrega al prójimo, sino todo lo contrario: sólo he pretendido salvarme a mí mismo.

Suspendió un instante su alocución. Como un hábil estadista, dominaba a la perfección el tempo de su discurso. Tras lograr un repunte en el interés del reportero mexicano, continuó con su respuesta:

—Desde los tiempos en que trabajé en la Fundación Proyecto Hombre de Ayuda al Drogodependiente, donde ocupé todos los cargos desde colaborador hasta presidente ejecutivo, hasta estos días en que ocupo la Secretaría General del Estado de Prevención de Adicciones y Toxicomanías, mi leitmotiv ha sido ganar una batalla personal.

Su perfecta dicción redondeaba sus frases estudiadas, como sacadas de un manual de política. Entornó los ojos brillantes y negrísimos con una elegancia innata y continuó con su charla, acercándose al periodista para crear un clima de confianza:

—Mi querido señor Márquez, el momento más importante de mi lucha contra las drogas, incluso le diría que de mi vida, fue cuando la policía me descubrió en una vieja estación abandonada, en coma a causa de una sobredosis de heroína, tirado sobre un pestilente colchón, y casi cubierto por miles de confetis salidos de no se sabe dónde.

Alicante, 25 de septiembre de 2003

© Felipe Cutillas Turpin. Todos los derechos reservados. Prohibida su reproducción, distribución, comunicación pública, transformación y cualquier uso, incluido el entrenamiento de sistemas de inteligencia artificial, sin autorización escrita del autor.