La esperanza se había instalado en el corazón de los prisioneros. Los soldados trajeron la noticia, que se extendió con rapidez por toda la prisión hasta llegar a las celdas. La guerra había durado tres años. Francisco Cabezas fue reclutado seis meses después de iniciarse la revuelta, a pesar de la corta edad de su hija. En otras circunstancias, Francisco hubiera luchado voluntariamente, por conciencia y por sus ideales. Pero en su situación no podía permitírselo y no hubiera ido al frente de no haber mediado el reclutamiento forzoso.
Antes de ser apresado participó en dos batallas. Salió vivo de ambas para dar con sus huesos en un campo de concentración, igual que otros miles de combatientes de su ejército. Él fue conducido hasta el penal de Fontmajor, que se hizo servir con aquel fin de reclusión masiva durante la guerra.
En cierto modo, había sido afortunado, pues al amanecer del tercer día posterior a su captura, una gran parte de sus compañeros fueron fusilados. Francisco Cabezas, como muchos otros soldados apresados por el bando enemigo, alegó haber sido reclutado a la fuerza, lo cual no era incierto, y lo que permitió a la mayoría de ellos sortear la ejecución. Pero él creía que si no había pasado ante el pelotón de fusilamiento más se debía a la casualidad que a su declaración exculpatoria; estaba convencido de que sus captores ejecutaron aleatoriamente a un cupo de prisioneros, sin importar lo que testificaran.
Francisco Cabezas cumplía dieciséis meses encerrado. El primer trimestre fue el más duro. Durante las noches apenas podía dormir, temiendo que los carceleros vinieran a buscarle en alguna de sus frecuentes visitas nocturnas. La segunda semana de su estancia en Fontmajor, los guardias entraron en su celda con gran ruido de llaves y pasos metálicos. Pero no se dirigieron a su jergón, sino al de su vecino, un hombre pequeño y afable, de nombre Mariano y que nunca había salido de su tierra natal antes de la guerra.
Francisco se preguntaba por qué habían elegido a Mariano en lugar de a él, pero era estéril cuestionarse ese tipo de cosas en Fontmajor. No había un criterio que rigiera entre los carceleros. No veían a los prisioneros como personas, eran objetos a los que custodiar y de los que podían servirse a su antojo, incluso por simple diversión. La naturaleza humana es cruel y en contadas ocasiones logra administrar su poder con mesura y contención. En el Penal de Fontmajor los soldados carceleros eran amos absolutos, poseedores de la vida y la muerte de sus cautivos.
Se contaban historias terribles entre los presos acerca de los carceleros. Una de ellas hablaba de un joven prisionero al que los soldados habían abrasado los ojos con un hierro candente, dejándolo ciego de por vida —a él no lo ejecutarían, viviría para cargar con su desdicha— porque interpretaban su mirada franca y carente de servilismo como una intolerable muestra de insolencia. Francisco llevaba mucho tiempo en Fontmajor y nunca vio al joven cegado, por lo que sospechaba que la historia era una leyenda pero, por si acaso, cuidábase mucho de aparecer ante los guardias con el más mínimo rastro de orgullo o suficiencia en su semblante.
Otras historias que circulaban por la prisión hablaban de empalamientos, desangramientos y otras muchas aberraciones. Nadie podía corroborarlo o desmentirlo, pues ningún prisionero que acompañó a los guardias regresó para contarlo. Cierto o no, la mayoría de los presos no dudaba de la capacidad de los carceleros para llevar a cabo esos desmanes y otros aún más crueles.
En sus dieciséis meses de cautiverio, Francisco Cabezas había permanecido incomprensiblemente indemne, hasta el punto de ser el prisionero que más tiempo habitaba entre los muros del Penal. Su esperanza se había desvanecido en ocasiones, cuando oía los pasos metálicos por el corredor. Pero después de los terribles tres primeros meses había aprendido a convivir con ello. Se había concienciado de que nunca saldría vivo de allí y agradecía cada nuevo amanecer como un regalo divino, como una prórroga a su más que segura y próxima ejecución. Aprovechaba, pues, ese nuevo día con las pequeñas cosas que podía permitirse: ver acostarse el sol entre los barrotes de su ventana abierta a poniente, releer una y mil veces un librito con poemas de San Juan de la Cruz que los carceleros le habían permitido guardar tras visitar a su anterior propietario —el libro, incompleto y remendado, se había convertido en un pliego destartalado por su continuo uso—, tararear con una voz mínima y apenas perceptible viejos boleros que había escuchado en sus veranos adolescentes, y —cuando la meteorología lo permitía— percibir el olor a tierra mojada que la lluvia hacía llegar hasta la ventana de su celda, desterrando en ese momento el aroma rancio que convivía con él de costumbre. A estos pequeños placeres añadía el paseo de mediodía por el patio, convertido en el eje sobre el que gravitaban sus días, y sobre todo, el recuerdo incesante de su mujer e hija, con las que soñaba a todas horas, reviviendo pasajes acontecidos e imaginando otros nuevos, pero sin abrigar el ánimo de convertirlos en realidad, para evitar caer en la desesperación.
La noticia del fin de la guerra llegó a Francisco Cabezas mediada la mañana. Un prisionero de un pueblo cercano al suyo, apellidado Montreal, pero llamado Benijófar por el resto de prisioneros —como el pueblo de donde procedía—, se acercó a él en el patio, durante el paseo del mediodía, y con una sonrisa indisimulada le dijo:
—Paco, esta puta guerra ha acabado. Volvemos a casa, todo ha acabado.
Francisco Cabezas le pidió los pormenores de la noticia y Benijófar le explicó que el Gobierno Republicano había claudicado, se había exiliado a Francia. El ejército de la República se había desmoronado y los combatientes que aún permanecían fieles habían depuesto las armas. La capitulación había sido total y sin condiciones. El General Franco había anunciado el fin de la guerra.
No importaba demasiado a Francisco Cabezas y a Benijófar, como al resto de los prisioneros del campo, la derrota de sus correligionarios. En ese momento, lo más importante para ellos era acabar con su cautiverio y su probable suplicio y muerte.
El primer pensamiento que tuvo Francisco Cabezas tras conocer la noticia viajó hasta su pueblo. En él se incluían las huertas que en su pasado le alimentaron y las flores y el agua que le conmovieron, la luz y los colores que añoraba, y sobre todo, los ojos y la sonrisa de su esposa Margarita y de su hija Matilde, a la que no había visto desde su partida al frente aragonés. Matilde había cumplido cuatro años el pasado abril. Ya era una niña en este momento y él apenas la recordaba como un bebé. Ellas le habían mantenido sereno en la pesadilla que vivía, les debía la cordura en medio de la demencia que cobijaba la prisión. Por ellas había soportado su cautiverio. Y ahora había llegado el momento de volver, ese momento que se negaba a imaginar por miedo a sufrir más, el momento que había borrado de su mente con el fin de poder soportar el presidio.
El día fue largo en Fontmajor. Los prisioneros estaban alborotados y a duras penas contenían el júbilo ante los carceleros. Incluso éstos vivían en un ambiente de alegría contenida pues para ellos también era un momento muy esperado; volvían a casa tras años de lucha.
Así pues, en Fontmajor se vivió la noticia de forma extraña y aunque el corazón de los prisioneros no podía olvidar el dolor que le habían infligido los soldados carceleros, era inevitable sentirse próximos por la llegada de una buena noticia esperada por todos, recluidos y reclusores, vencedores y vencidos. Existía una mezquina afinidad entre los moradores de ambos lados de los barrotes, los que permanecían en la celda y los que vigilaban desde el exterior, una afinidad contra natura y vergonzante, pero que no podían evitar.
Tras la charla con Benijófar, Francisco Cabezas no volvió a hablar con nadie. Continuó su paseo como de costumbre, aunque su interior bullía de una forma extraordinaria. Tras anunciarse el fin de la guerra ya no tenía sentido un campo de prisioneros; debían ser puestos en libertad de forma inmediata y devueltos a la vida civil. Regresaría a su pueblo, junto a Margarita y Matilde, retomaría su labor en la huerta y cuidaría de ellas. Habían perdido la guerra, es cierto, pero Francisco Cabezas podía volver a su casa y continuar su vida, mal que bien. Era mejor eso que haber terminado en la fosa común del Penal de Fontmajor. Era infinitamente mejor.
Pasó el resto del día imaginando su regreso y el recibimiento de su familia. Una y otra vez se veía abrazado a su mujer y besando feliz a su hija. Se preguntaba cuándo le pondrían en libertad y todo hacía suponer que sería al día siguiente. Así debía ser, puesto que ya no tenía sentido seguir allí cuando la guerra había terminado. Nadie en el Penal se atrevía a dar una fecha pero Francisco —como el resto de los prisioneros— pensaba que sería la última puesta de sol que vería en Fontmajor, al menos a este lado de los barrotes. Incluso los soldados carceleros intuían que serían licenciados en breve; la puesta en libertad de los prisioneros de guerra debía producirse con rapidez —una vez finalizada ésta— y su licenciamiento vendría a continuación. Quizá algunos de ellos continuaran vistiendo el uniforme —una profesión estable y que les confería cierto poder—, pero la mayoría volvería a sus hogares, de donde no habían salido todos por su propia voluntad.
Fue difícil prender el sueño esa noche en el Penal. Los presos no podían dominar su impaciencia y al final del corredor, en la camarilla de los guardias, los gritos y las risas alcoholizadas, el entrechocar de vasos y las celebraciones ruidosas habrían impedido dormir a quien lo hubiera deseado.
Francisco Cabezas descansaba en su jergón. Con las manos cruzadas sobre su pecho miraba el trozo de cielo que asomaba por su ventana. Debía ser la última noche que tendría que conformarse con esa visión parcial y abarrotada. A partir de ahora podría tumbarse sobre el césped, boca arriba, y pasar varias horas mirando las estrellas, norte, sur, este, oeste, no habría un rincón que escapara a su ángulo de visión, sería libre, ¡libre!
La algarabía de los soldados carceleros sacó a Francisco de su ensoñación. Habían bebido demasiado y sus bravuconadas llegaban hasta los oídos de los presos clavándose en éstos como un puñal. Los soldados disfrutaban de su probable última noche de dominio y poder sin límite. Pronto serían ciudadanos de a pie, héroes y soldados victoriosos, pero sin la aureola de impunidad que ahora les rodeaba. Quizá fuera esto algo que les molestaba y que les animó a cometer su última fechoría.
Cuando se oyeron los pasos metálicos por el corredor, el corazón de los presos se detuvo al unísono. El alma de cada uno de ellos se crispó y la sangre se heló en sus venas.
Francisco se incorporó sobre su jergón y aguzó el oído para asegurarse de que no era producto de su imaginación. Pensó que no era posible, no podía suceder, no aquella noche. La guerra había concluido, tan sólo esperaban su puesta en libertad, todo había acabado. No podía ser cierto, los soldados no podían ser tan crueles como para visitar a alguien aquella noche. A la mañana siguiente todos volverían a sus hogares y no había razón para continuar con aquella pesadilla.
Francisco Cabezas tensó su espalda, irguió su cuello y cerró los ojos. Siguió con su oído los pasos metálicos que se acercaban por el corredor. Las celdas se habían sumido en un silencio sepulcral y en cada una de ellas se vivía una escena parecida a la de Francisco. Los prisioneros tan sólo pensaban dos cosas: “No es posible tanta crueldad” y “Por Dios, no a mí, a cualquier otro, pero no a mí”.
Francisco repetía en su cabeza ambas frases, sucesiva y simultáneamente. Continuó escuchando con los ojos cerrados, hasta que los pasos metálicos se detuvieron ante su puerta. Las llaves sonaron pesadamente al abrir el cerrojo. Su corazón batía violentamente. Los soldados se acercaron a él y le levantaron prendiéndolo por las axilas. Francisco abrió los ojos y echó una última mirada al trozo de cielo que asomaba por la ventana de la celda.
Salamanca, 24 de agosto de 2003