Era día de fiesta en Madrid aunque no sabría decir qué se conmemoraba; era una de esas celebraciones nacionales que con tanta dificultad identificamos los extranjeros. Ni siquiera podría deciros a qué festividad corresponden los días señalados en rojo en el calendario de Italia, mi país, ya que nunca les presté demasiada atención, salvo por la libranza en la escuela, lo que me permitía ir con los chavales del barrio a jugar partidos interminables contra los jóvenes de Civitarossa, otra de las aglomeraciones romanas, en las cuales el fútbol era una religión. Yo vivía en El Boschio, distrito de Roma donde venerábamos con la misma fe a dos santos, aunque sólo uno de ellos lo era en rigor: Domingo Savio, elevado a los altares a pesar de haber fallecido con tan sólo catorce años, de los cuales vivió la mayoría en nuestro barrio, y Santo Tomaso, nombre del equipo de fútbol del distrito, bautizado así en honor a la calle que albergó su primer terreno de juego.
Tengo recuerdos muy claros en mi memoria ligados a la escuadra de El Boschio, nuestra común devoción: era yo un mocoso que apenas levantaba un palmo del suelo y mi padre me permitía —casi diría que me azuzaba— acompañarlo a los partidos que jugaba como local el Santo Tomaso. Todo el tiempo que no me ocupaba la escuela o el sueño, lo dedicaba al fútbol: jugando con los amigos, viendo partidos del Santo Tomaso, soñando con ser una estrella de la Serie A… Aunque quizá fantasear con el campeonato de los profesionales viniera algo más tarde; en mi primera infancia mi ilusión era mucho más modesta: vestir la maglia gialla del Santo; cerraba los ojos y me veía en el estadio con los colores áureos del equipo de El Boschio. En la grada de mis fantasías podía divisar a mi padre, Mario Corradi, taxista romano, trabajador infatigable, locuaz conversador y amante de la ópera, casado con Antonia Lombarda… pero como principal divisa de su personalidad, seguidor tenaz del Santo Tomaso, y en éste mi sueño, padre orgulloso del delantero centro de la escuadra amarilla de sus amores. Pretendía yo en mi niñez que él desearía ser recordado así: ufano progenitor de Dino, goleador contumaz que destrozaba las porterías de cualquier rival que se enfrentara al Santo Tomaso. Lo que presumía un deseo de mi padre —engendrar un genio del balompié— no era más que un anhelo propio agazapado: jugar con nuestro equipo y convertirme en su estrella. Y en aquel mi entonces de ingenuidad infantil, concluía que sólo podría ser la estrella del equipo si me convertía en su delantero centro y no en ningún otro jugador: vestir el numero nueve del Santo Tomaso, ser el aniquilador de la defensa contraria, hacerme llamar Dino Corradi, el Capo Canonieri. Y con ese sueño candoroso anidando en mi interior, acudía cada quince días al pequeño Quartiere Rivelino, el estadio de nuestro barrio.
El Boschio era un barrio humilde, y por tanto, nuestro equipo no podía ser de otro modo, más no quisiera que confundierais modestia con miseria, o sencillez con privación. Y hecha esta precisión, no hay obstáculo en reconocer que el Santo Tomaso era un club humilde, y las instalaciones del Quartiere Rivelino distaban muchísimo de las comodidades de los grandes coliseos, como había comprobado Paolo, un compañero de la escuela, que había asistido en el Comunale a un partido entre la Roma y un equipo inglés cuyo nombre no conocíamos los chicos del barrio en aquel momento. El tío de Paolo trabajaba en los accesos del Comunale y llevó consigo a su sobrino para darle el gusto de conocer el estadio de la capital. Al volver a la escuela, Paolo se sentó con los mayores durante los recreos de toda la semana siguiente y cualquiera de nosotros habría dado dos sacos de canicas de metal por haber escuchado sus confidencias en exclusiva. Gracias a él, supimos los muchachos que el Comunale contaba con veinticinco puertas de acceso y que cada revisor podía picar más de quinientas entradas por partido. En nuestro Quartiere Rivelino había cuatro puertas, pero los dirigentes habían decidido que sólo se necesitaba la apertura de dos: Tribuna, que daba acceso a las ciento treinta localidades de la grada orientada al norte, cubierta por un vetusto alerón de hierro y madera, y General, situada en el extremo opuesto del recinto, por la que se accedía a las dos mil localices de la grada sur y a los dos fondos, cuyas puertas clausuradas acumulaban óxido tras la decisión de la directiva. Ni siquiera en los partidos de liga más emocionantes o en las eliminatorias del Prizio Angelico, el torneo de la periferia romana, cuando el estadio colmaba su aforo, la directiva consentía revocar su decisión y las puertas de los dos fondos seguían sin utilizarse. Y debéis ponderar vuestro dictamen para no incurrir en prejuicios: más de dos mil personas animando al Santo Tomaso en un magnífico tifo de colores limón y dorado no es cuestión despreciable. Éramos una afición entendida en balompié mas entregada fervorosamente a nuestro equipo. Si jugaban mal, lo hacíamos saber con un considerado silencio, y cuando engarzaban dos o tres jugadas brillantes estallábamos de júbilo. Esos eran nuestros extremos: el mutismo o el delirio, pero jamás el silbido o el abucheo, al menos con los jugadores del Santo. Con los rivales nos permitíamos algunas licencias: pitábamos las cesiones al portero, censurábamos el juego duro con gritos de reprobación, criticábamos la horizontalidad de los pases o las pérdidas de tiempo… pero siempre dentro de un orden. Y a las aficiones contrincantes las respetábamos, aunque casi nunca vinieran en gran número, pues si las gradas presentaban claros de público se debía al poco interés del encuentro, por lo que el contrario no arrastraba muchos seguidores, y si el encuentro era de los de pasión, El Boschio contaba con tres adeptos del Santo Tomaso por cada butaca libre en el estadio, así que los rivales no podían acompañarse de muchos forasteros del Quartiere Rivelino, siempre repleto de nuestros vecinos.
Mi padre no cumplió mi ilusión, al menos, su parte encomendada. Murió cuando yo tenía doce años y nunca pudo verme portando el número nueve del Santo, perforando la meta del Civitarossa mientras todo El Boschio me aclamaba y le felicitaba por ser el progenitor de Dino Corradi, el Capo Canonieri. Yo tampoco concluí mi parte: nunca jugué en el equipo de mis sueños, ni siquiera volví al estadio como aficionado tras la muerte de mi padre. Me alejé del deporte por completo: Si oía una conversación entre futboleros huía como de un apestado, cualquier cosa que tuviera una remota relación con el balón me producía una sensación de rechazo frontal. Amaba tantísimo a mi padre que asimilé su pérdida como una vileza imperdonable y mi repulsión al fútbol se debía sin duda a una asociación mental con la afición de mi padre; hubiera sufrido inmensamente acudiendo al Quartiere Rivelino sin la compañía de mi progenitor.
Regresé al balompié años después, pero en un papel que nada tenía que ver con el que había soñado: no sé muy bien cómo sucedió, pero tras acabar mis estudios en la Universidad Lacial me convertí en agente de jugadores, y no me ha ido mal en esta labor. Había heredado con mis genes una férrea disposición al trabajo, y mi dedicación y buen hacer obtuvieron sus frutos; en unas cuantas temporadas pasé de representar a jugadores de tercera fila a defender los derechos de varias estrellas del Calcio. Uno de los futbolistas de mi nómina era un verdadero crack y me hizo ganar dinero a espuertas. Cambiamos de equipo cuatro veces en cinco años, y cada traspaso se firmó por una cifra que duplicaba la anterior. Él me había hecho rico y yo le había llevado a los mejores equipos de Europa. Su nombre era muy popular entre las aficiones europeas, Vaniri, no obstante algunos hinchas le conocían como el Capo Canonieri, y no era un apodo injustificado. Yo soñé con que me llamaran así, pero en su caso no era una ilusión, él era el verdadero Capo, y no en una barriada humilde como El Boschio, sino en la Serie A y con la selección italiana. Yo siempre me dirigía a él como Bobo, su apodo más familiar, quizá para hacer más cercana nuestra relación, no obstante creo que también para negar en mi interior que él había conseguido realizar lo que yo deseé de niño. Desde el comienzo de esta temporada, Vaniri jugaba en el Atlético de Madrid, donde le había conseguido un contrato de megaestrella. Sus honorarios le permitirían retirarse con treinta años como multimillonario, aunque yo no podía quejarme de mis comisiones ni de mi profesión: viajaba a menudo, ganaba mucho dinero, conocía los entresijos del fútbol… A estas alturas, el Comunale de Roma que visitó Paolo cuando éramos niños, me parecía un estadio vetusto y de poca enjundia; no desconocía casi ningún dato del fútbol de los últimos años —el partido al que asistió mi compañero de escuela enfrentó a la Roma y al Liverpool de Kenny Daglish en los octavos de final de la Copa de la UEFA—; y para mi desdoro, no dedicaba ni un segundo de mi tiempo al Santo Tomaso, ni de palabra ni de acción ni tan siquiera de pensamiento. Gracias a Dios, no había perdido la fe en el otro santo de mi devoción y siempre me hacía acompañar por una estampita de Domingo Savio.
La tarde de la que os hablo, jornada festiva en Madrid, el Atlético se enfrentaba al Sevilla. Yo había llegado un par de días antes a la capital española para visitar a mi representado, Vaniri. Me gusta tener controlados a mis jugadores y no acostumbro a dejar pasar más de tres semanas sin reunirme con ellos. A pesar del poco tiempo transcurrido desde su fichaje, el futbolista ya era un ídolo en el club; su vena goleadora no le había abandonado y encabezaba la clasificación del Pichichi. Yo conocía bien los defectos de Bobo como persona —¿quién no los tiene?—, pero era honrado en su trabajo y cuando defendía la camiseta de su equipo se entregaba con ímpetu. Deseé que esa tarde continuara su buena fortuna y consiguiera un par de goles contra el Sevilla, o al menos que jugara un buen partido.
El sol vespertino calentaba agradablemente el palco en el que me encontraba. En el terreno de juego, los futbolistas comenzaban sus ejercicios de calentamiento; fijé mi vista en Vaniri, parecía contento y concentrado. Acunado por la tibiedad del resol, recordé lo que había sucedido el día anterior: el entrenador había citado a los jugadores convocados para el partido contra el Sevilla a un ligero entrenamiento, típico de las vísperas de partido; practicaban toque de balón, ensayaban algunas faltas y sobre todo, se incidía en el aspecto táctico del partido, acompañando la teoría con algunos vídeos demostrativos del juego del rival. Tras finalizar este entrenamiento, Vaniri acudió al despacho del ayudante del mister. Allí visionó una cinta sobre el portero del Sevilla, Ansué. No es habitual en el fútbol que el delantero centro se informe sobre las características del portero contrario, más bien al revés, pero Vaniri era un profesional atípico y daba mucha importancia a su trabajo –lo que nos había permitido a ambos firmar contratos suculentos en las últimas temporadas. Le gustaba ver a los arqueros enfrentándose a los lanzamientos desde el punto de penalti, a los libres directos y en las salidas de uno contra uno. No le importaba que los vídeos contuvieran más información, pero no podían faltar en ningún caso estos tres elementos básicos para Vaniri. Mi representado sabía que él era el encargado de botar las penas máximas y las faltas directas, asimismo, por sus peculiares características —y el juego de contragolpe de su equipo—, era raro el partido en el que no disfrutaba de alguna ocasión de plantarse sólo frente al guardameta, por lo que informarse sobre la forma habitual de reaccionar de Ansué en estas tres suertes del fútbol era de suma utilidad para Vaniri. Quince días antes había chutado un penalti a Llamazares, el portero del Valencia, transformado en gol tras un disparo potente por el centro de la portería, pues había comprobado en sus vídeos que Llamazares siempre se lanzaba a uno de los lados antes de que el delantero chutara el penalti, sin esperar al golpeo del balón. Por tanto, sabiendo que el portero ché no confiaba en sus reflejos para arrojarse tras el esférico, Bobo pudo chutar con tranquilidad por el centro.
Así que, siguiendo su norma, Vaniri acudió tras el entrenamiento al despacho del ayudante del entrenador para ver la cinta de vídeo que éste le había conseguido sobre Ansué –comprada a precio de oro a un tal Malcotado, periodista de Canal Plus. Yo le esperaba en el parking del estadio, la mañana era espléndida y me permití disfrutar del sol madrileño después de un par de semanas de vagar entre las grisáceas ciudades de Europa Central. Me llamó la atención que un muchacho, de unos diecisiete o dieciocho años, vestido con un chándal de color blanco, aguardara —como yo— en el aparcamiento, pues habitualmente los aficionados no pueden acceder a esta parte del estadio; si alguno lo consigue suele ser en connivencia con los servicios de seguridad del club o gracias a un pase emitido por la gerencia. Olvidé este asunto y seguí ocupado en mis triviales elucubraciones sobre el astro rey hasta que Vaniri terminó sus tareas. Cuando ya estábamos subiendo a su Ferrari, el joven del chándal blanco se acercó hasta nosotros y le pidió un autógrafo a Vaniri en un perfecto italiano con acento calabrés. Nos sorprendimos ante este hecho y Bobo le preguntó por su procedencia. El muchacho se presentó. Su nombre era Amadeo Calogiero y nació en Nápoles, aunque había vivido en una docena de ciudades del sur de Italia debido a los numerosos traslados de domicilio de sus padres, siempre a la búsqueda de un empleo mejor que les permitiera escapar de la miseria. Nos contó que el fútbol había sido la válvula de escape a una vida de escasez desde su niñez. Ante el interés que sus palabras estaban despertando, Amadeo se animó y nos confesó que Vaniri era su ídolo y que su fichaje por el Atlético había motivado que el muchacho se trasladara hasta Madrid para buscar un trabajo en esta ciudad. Nos quedamos helados cuando declaró que antes de venir a España vivía en Milán —la misma ciudad donde Bobo vivía mientras jugaba con el Inter, la pasada temporada— y que antes de eso residía en Turín –donde jugó Bobo hace dos años, para la Juventus. Nos cruzó un atisbo de temor a que Amadeo Calogiero fuera un fanático peligroso, pero sus formas eran correctísimas y la conversación delataba que estábamos ante un simpático muchacho enamorado locamente del fútbol y de la forma de practicarlo de Vaniri. Confirmó ante nuestras demandas que se había mudado desde el domicilio familiar a Roma hacía cuatro años, cuando él tenía catorce, debido a que deseaba emular a su ídolo fichando por el equipo juvenil de la Lazio, club para el que jugaba Bobo. No lo consiguió y tuvo que sobrevivir con muchas dificultades en una ciudad que le era ajena, mientras mataba el tiempo siguiendo las evoluciones del Capo Canonieri. Cada traspaso que firmaba Bobo, y su consiguiente traslado de ciudad, conllevaba un cambio de domicilio también para Amadeo, pues al no tener nada que le retuviera, prefería continuar compartiendo localidad con su ídolo y seguir intentando triunfar en los mismos equipos que él. Así pasó por los mismos lugares que Vaniri en estos últimos cuatro años: Roma, Turín, Milán y Madrid. Al llegar a la capital de España, al igual que había hecho en las anteriores ocasiones, intentó fichar por el mismo club que Bobo, pero Amadeo no parecía ser un futbolista lo suficientemente bueno para que los técnicos confiaran en él, un muchacho italiano al que nadie avalaba. Sin embargo, su tesón y su amor por el deporte le hacían superarse y seguir intentándolo. En Madrid, tras una prueba frustrada en el Atlético, consiguió firmar por un equipo de tercera división, el Aluche, y cada fin de semana jugaba con su equipo soñando que era el Capo Canonieri y que un día llegaría a ser como él. Amadeo confesó que el domingo no podría venir al estadio para animar a Bobo, pues él jugaba a la misma hora en Aluche contra el Móstoles, uno de los equipos punteros de la categoría. Tras veinte minutos de charla, Vaniri le regaló una camiseta al muchacho y prometimos enviarle una entrada para el palco del Vicente Calderón. Subimos al Ferrari y nos marchamos del estadio, todavía emocionados por el relato de Amadeo Calogiero.
Bobo ocupó con prontitud su mente en otras cosas, pero yo pensé en el muchacho durante toda la tarde, impresionado por su peripecia vital. Y el día del partido, mientras miraba el calentamiento de Vaniri, no pude evitar que mi mente huyera en busca de Amadeo. El chico había penetrado como un soplo de aire fresco en mi súperprofesionalizado mundo futbolístico. Precisé los rasgos físicos de Vaniri en mi cabeza y los comparé con los de Amadeo, divisé el calzado que esa tarde portaba Bobo —ofrecido por Adidas junto a varios miles de euros— e intenté imaginar las botas del muchacho, comprobé el material del que disponían en la banda del Calderón y cerré los ojos, suspirando por las dificultades que debían pasar en el Aluche para conseguir una equipación completa.
Tras el calentamiento, los jugadores del Atlético de Madrid regresaron a los vestuarios –al igual que hicieron los del Sevilla Fútbol Club. Pasé al antepalco y engullí varios canapés con un gesto de vulgaridad tan patente que si el cocinero que los preparó estuviera presente, hubiera abandonado frustrado el negocio del catering en ese mismo momento. Vacié en mi garganta una copa de Pinot mientras intercambiaba unas palabras con el secretario técnico del Atlético, Tomás María Quiñones, antiguo conocido al que en alguna ocasión había untado con mis comisiones, al margen de cuando Vaniri firmó por su equipo. Un par de veces había contado con su ayuda para llevar a cabo un viejo truco del oficio: deseando traspasar a uno de mis representados por una cifra superior a su verdadero valor, contactaba con Tomás María para ofrecerle un dinero por su colaboración y si consentía, filtraba al equipo interesado en fichar a mi jugador que le había surgido un competidor. Ante un “posible” interés del Atlético —confirmado por su secretario técnico tras llamada del club en cuestión—, conseguí colocar algunos jugadores bastante más caros de lo que eran una semana antes de ese “posible” interés atlético.
Unos minutos antes del comienzo del partido, salí del antepalco y ocupé mi sillón. No me sentía bien, y por primera vez desde que inicié mi trabajo como agente de jugadores no me apetecía ver las evoluciones en un partido de uno de mis representados. Inspiré profundamente y miré a mi alrededor, pero en el palco sólo encontraba fatuidad y presunción. El encuentro vivía sus primeros compases pero mi falta de interés se acrecentaba. Poco puedo decir de los minutos que siguieron, pues nada hubo que me hiciera salir de mi letargo hasta que, sintiendo un impulso irrefrenable, me levanté de mi asiento y me encaminé hacia el parking VIP. Tomé el Ferrari de Bobo, en el que habíamos llegado juntos a la concentración prepartido y siguiendo las indicaciones del GPS conduje hasta el terreno de juego del Aluche. Algo en mi interior me impelía a acudir a la llamada del fútbol modesto, rehuyendo de la ostentación de Vaniri y sus compañeros, olvidando por un rato la petulancia de las ligas profesionales. Amadeo Calogiero había despertado la vieja esencia del deporte que dormía en mi interior.
El Ferrari volaba por una M-40 que desahogaba con fluidez el acostumbrado tránsito tranquilo de las tardes de festivo. Salvé lo más rápidamente posible la distancia entre el Vicente Calderón y el Campo Municipal de Deportes de Aluche. Cuando me instalé en la grada, el encuentro se aproximaba a su final. El marcador me informó del resultado: empate sin goles. Los seguidores del Aluche me recordaron a los aficionados de El Boschio, llenando con su tifo dorado las gradas del Quartiere Rivelino. En mi subconsciente, los partidarios del Móstoles tomaron el lugar de los admiradores del Civitarossa, con lo que me instalé de facto en un derbi personal y apasionado. De inmediato clavé mis pupilas en el delantero centro del Aluche: Amadeo Calogiero. Tenía unas piernas demasiado finas para un futbolista, pero no presentaba mal. Era realmente un fanático de Vaniri, pues reconocí a éste en muchas de sus poses, a todas luces ensayadas e impuestas por Amadeo para consigo mismo. No obstante, de no haber sabido yo con anterioridad de la confesa admiración del muchacho por el Capo Canonieri, quizá no lo hubiera relacionado. Tocó un par de balones en los instantes siguientes y pude comprobar —a falta de más pruebas— que Calogiero no era un mal ariete: tenía una técnica aceptable y sabía buscar el lugar apropiado en el desarrollo de la jugada; se desmarcaba con inteligencia y daba opción a sus compañeros a servirle buenos balones. Corría el minuto 85 y el partido parecía abocado al 0-0, pero ocurrió aquello que yo – instintivamente - había estado anhelando desde que llegué al campo: el extremo izquierda del Aluche penetró por la banda y sobre la perpendicular de la línea del área sacó un centro a media altura. El defensa central del Móstoles llegó tarde al despeje y cuando quiso patear el balón, la cabeza de Amadeo Calogiero ya había desviado su trayectoria. La bota del defensa partió con violencia el labio del delantero, pero éste, a pesar del dolor del golpe, no desvió la mirada del esférico y pudo ver como su testarazo se convertía en un magnífico gol tras superar la estirada del cancerbero rival. Cayó al suelo aturdido por la patada, pero se incorporó espoleado por el delirio del gol convertido y corrió hacia la grada mientras de su boca ensangrentada escapaba un hilillo rojo. El público jaleaba a Amadeo y todos parecían sumidos en un frenesí colectivo; el muchacho gritaba “Gol” con todas sus fuerzas mientras el dolor de su labio parecía perder la batalla ante el entusiasmo de su corazón; la emoción me hervía la sangre y me levanté de un salto aullando tan fuerte como Amadeo: “Gol, gol, gol”, y con mi espíritu sacudido por el júbilo que me proporcionaba el muchacho al evocar mi sueño infantil, clamé con tanto ardor que me pareció que Amadeo se giraba hacia mí: “Viva el Capo Canonieri, Forza Santo Tomaso”.
Alicante, 15 de marzo de 2005