La agenda

Hoy ha sucedido algo del todo inusual: al abrir mi agenda en la fecha correspondiente —trece de febrero, día de Santa Beatriz—, una molesta e incómoda punzada rojiza ha golpeado mi vista. La anotación que había hecho para la fecha en la que nos encontramos estaba manchada de tinta roja, no tanto como para impedir su lectura, pero sí lo suficiente como para molestar e incomodar a quien debiera consultar mi agenda, que normalmente y salvo excepciones soy yo; nunca ha tenido que consultarla ningún otro, pero pudiera darse el caso de que, mientras yo estoy ausente, alguien necesitara acceder a un dato que anoté, o también, ahora que lo pienso, yo podría fallecer en un accidente ferroviario o en un incendio y alguien, mi madre u otra persona, quisiera consultar un dato de mi agenda; pero por norma, salvo excepciones, sólo la consulto yo. Y hoy, al abrirla, tuve la irritante sorpresa de ver que la anotación que había hecho para la fecha actual —trece de febrero— estaba manchada de tinta roja.

Llegué a la oficina tres minutos antes de iniciarse la jornada laboral —como es mi costumbre— y a las 07:58, dos minutos antes de mi horario de entrada, ya me encontraba sentado frente a mi mesa. Siempre concedo dos minutos a la empresa, para que no me acusen de impuntualidad, aunque lo cierto es que a las ocho y cinco, después de que el jefe se haya encerrado en su despacho a leer el periódico deportivo, voy al servicio y aprovecho para detenerme por el camino y charlar con algún compañero, o en su defecto con alguna compañera, antes de volver a mi puesto a las ocho y veinticinco. A la salida, por el contrario, no me apresuro en marcharme; espero hasta las 17:02. Siempre concedo dos minutos a la empresa, para que no me acusen de desinterés por la tarea, aunque lo cierto es que estoy preparado para salir desde las cinco menos diez. Nunca comienzo una nueva tarea más tarde de las 16:25, con el fin de no dejar nada a medias y que a las cinco menos diez esté concluido lo que lleve entre manos. Siempre estoy listo para salir de la oficina a las 16:50, aunque espere hasta las 17:02 para que no me acusen de desinterés por la tarea.

Como hago cada día, a las 07:58 de esta mañana me senté en mi puesto y abrí mi agenda personal, que durante mi horario extralaboral, siempre guardo en el cajón de mi mesa de la oficina. Cuando llego al trabajo la extiendo frente a mí, y permanece allí hasta las cinco menos diez, cuando recojo mis bártulos y me encuentro en disposición de abandonar la oficina. En ese momento —16:50— cierro mi dietario y lo guardo en el cajón hasta el día siguiente, de donde lo sacaré a las 07:58, que es la hora en que me siento frente a mi mesa.

Pensándolo ahora, debo puntualizar algo: los viernes guardo mi agenda hasta el lunes siguiente y no como había dicho en el párrafo anterior —hasta el día siguiente—; supongo que se entiende aunque no me haya expresado con la oportuna corrección, pues los sábados y los domingos, a diferencia del resto de la semana, no trabajo en la oficina —disfruto de mis descansos hebdomadarios—. También se debe entender, a pesar de que no me haya expresado con la suficiente precisión, que las vísperas de mis vacaciones la agenda ocupa su lugar en el cajón para dos semanas —siempre dispongo de catorce días de descanso anual— y no hasta el día siguiente como he dicho con anterioridad.

Al sentarme hoy frente a mi mesa —07:58— y extender mi agenda ante mis ojos, la mancha rojiza que emborronaba mi anotación del día me turbó y me produjo una sensación de incomodo y de molestia. La mancha había permanecido allí desde unas semanas antes pero fue esta mañana cuando la descubrí. Provenía de la anotación que había hecho en la página siguiente, unas semanas atrás, cuando recordé casualmente que el catorce de febrero se celebra el “día de los enamorados”. Anoté en mi agenda en la fecha correspondiente, día de San Valentín, con letras rojas de trazo grueso —utilicé para ello un rotulador de tinta permanente— el santo patrón del día:“ SAN VALENTÍN”. Mi libro diario incorpora estos datos, con una bonita tipografía de color dorado, para todos los días del año: los laborables y los sábados y los domingos y los de vacaciones, pero por la importancia del día en cuestión —catorce de febrero, San Valentín, “día de los enamorados”—, en el que se acostumbra a ofrecer un regalo a la persona de la que estás enamorado y a recibirlo de la persona que está enamorada de uno, opté por anotarlo en mi agenda con letras rojas de trazo grueso.

Yo no estoy enamorado, por lo que no necesito el recordatorio para comprar un regalo —no tengo a nadie a quien regalar—, así que el catorce de febrero es para mí un día como otro cualquiera. (Ahora que lo pienso, y para ser exacto, debería decir que el catorce de febrero es para mí como otro miércoles cualquiera —este año cae en miércoles—, pues no es lo mismo un miércoles laborable que un sábado o que un domingo o que un día de vacaciones). No me hace falta un recordatorio para la compra de un regalo, si bien me pareció aconsejable anotarlo por si alguien me ofreciera un regalo o alguna persona demostrara un trato deferente hacia mí en una fecha tan señalada. No me gustaría que alguno de mis compañeros me hiciera un regalo o me tratase de forma especial este día, ni siquiera una de mis compañeras. No me gustaría enamorarme de un compañero o de una compañera, y tampoco querría que uno de ellos o una de ellas se enamorara de mí, por la incomodidad y la molestia de mezclar el amor y la profesión. Prefiero que se enamoren de mí —o enamorarme yo— fuera del ámbito laboral. Nunca se han enamorado de mí fuera del trabajo, ni tampoco en el trabajo. Yo no me he enamorado nunca, ni dentro ni fuera. Pero pensé que en cualquier momento puede alguien prendarse de uno —o prendarse uno de otro— como me dice mi madre, y que sería una buena idea anotar la fecha para estar alerta por si algo extraordinario, como un regalo o un trato singular por parte de algún compañero —o de una compañera— ocurriera ese día, catorce de febrero, San Valentín, “día de los enamorados”.

Unas semanas atrás, al recordarlo por casualidad, había anotado en la fecha correspondiente: “SAN VALENTÍN”. Utilicé un rotulador de tinta roja permanente y punta redonda y el trazo grueso traspasó la delgada hoja de la agenda, manchando las anotaciones que había en la página anterior, la del trece de febrero, día de Santa Beatriz y martes y laborable.

Al llegar hoy a la oficina y abrir mi agenda por la página adecuada —trece de febrero— me di cuenta de lo que había ocurrido (hasta ese momento lo desconocía) e inopinadamente descubrí una mancha de tinta roja, desluciendo la nota que había en la fecha correspondiente al presente día, trece de febrero, que decía: “Ver ‘Cine de Acción’ en Telecinco, a las 22:00, ‘Soldado Universal’, con JECLAVADAM”. Si cualquier otro hubiera leído esta anotación no la habría podido interpretar en su totalidad, incluso sin la mancha rojiza que ahora la mancillaba, pero para mí es muy sencillo hacerlo. A menudo utilizo abreviaturas con el fin de economizar espacio, pero debo reconocer que también lo hago por una cuestión de gusto y de personalización de mi agenda; me satisface ver que hay algunas cosas en ella que no son fácilmente descifrables por alguien que quisiera acceder a los datos que anoto. Si otra persona —mi madre o un compañero de trabajo o una compañera o quienquiera que fuese que debiera consultar un dato de mi agenda en mi ausencia— leyera la nota de este día, no entendería el significado de “JECLAVADAM”, que puede leerse al final de la frase. Es el acrónimo del nombre de mi actor favorito: Jean-Claude Van Damme. Lo utilizo a menudo, al igual que otras abreviaturas. Ahora que lo he explicado parece sencillo averiguar su significado, incluso lógico, pero como decía, no hubiera sido fácil para alguien ajeno a mis anotaciones haber concluido esto por sí sólo.

En este momento, sobre las letras “e Acción’ en Telec” aparecía “SAN VALENTÍN” garabateado, con las letras incompletas de color rojo, filtrándose desde la siguiente hoja de mi agenda. Esto producía un efecto de molestia y de incomodo y también de ilegibilidad, aunque no lo suficiente como para impedir la lectura de la nota y su comprensión, excepto “JECLAVADAM”, que hubiera sido incomprensible de todos modos para alguien que no estuviera al corriente de mi forma de proceder.

Esta mañana, debido al desconcierto, no fui al lavabo a las ocho y cinco —como es mi costumbre— ni hablé con ningún compañero, ni tampoco con ninguna compañera. Y como no me había levantado de mi silla, no volví a ella a las ocho y veinticinco; estaba sentado en el mismo lugar desde las 07:58, intentando resolver el problema que acababa de descubrir. Al principio, y sin haber reflexionado demasiado, pensé en utilizar un corrector líquido para enmendar el desaguisado; uno de esos botes, normalmente de color blanco, en cuyo interior un pincelito se impregna del líquido corrector —siempre de color blanco— y ayuda a extenderlo allí donde un error ha maltrecho nuestra obra. Así hubiera actuado de no mediar mayor reflexión sobre el asunto, pues la mancha roja era molesta e incómoda y reclamaba un arreglo. Pero, tras analizar la cuestión con un poco más de detenimiento, llegué a la conclusión de que el corrector líquido acabaría con la bermejura, pero así mismo terminaría con mi anotación correspondiente al trece de febrero. Y en cualquier caso, la mancha rojiza sería sustituida por una mancha blanquecina, menos molesta y menos incómoda, pero aún así, también en cierta medida incómoda y molesta.

Barajé otra posible solución: abrir la agenda por otra fecha. De esa forma, no había duda, la mancha no me molestaría, pero actuar de esa manera me llevaba a otros problemas. Si retrocedía algunas páginas, incluso una sólo, estaría visualizando las anotaciones correspondientes a un día que ya había transcurrido, anotaciones del pasado y, por tanto, carentes de validez en el día en que nos encontramos: trece de febrero, el presente. Si por el contrario, avanzaba algunas páginas en mi agenda, incluso tan sólo una, estaría ante las anotaciones pertenecientes a un día que todavía no había llegado, anotaciones del futuro, y en consecuencia, inadecuadas en el presente. Actuar de esa forma, por tanto, no era recomendable, pues aunque evitara la molestia de la imperfección, me sumía en la irrealidad que supone vivir en un momento ajeno al presente; vivir de los recuerdos del pasado, con sus rentas y sus añoranzas, con sus vestigios y sus rémoras; o vivir con la vista puesta en el futuro, con sus esperanzas y con sus promesas, con sus ilusiones y con sus temores. En cualquier caso, mi madre dice que no es aconsejable centrar nuestra mirada en otro tiempo, descuidando por ello el presente, por lo que deseché también esta forma de resolver mi problema.

Otras soluciones vinieron en mi auxilio, agolpándose en mi cerebro a la espera de discernir cual de ellas era la más apropiada. Pensé en esconder la mancha, retirarla de mi campo de visión, interponiendo entre ella y yo cualquier barrera u obstáculo que le impidiera ejecutar su agresión: una hoja en blanco (como un vacío o algo inexistente); el reloj de sobremesa que indicaba cuándo eran las 07:58 y cuando eran las 16:25 y cuando las 16:50 y las 17:02 (como un parapeto temporal e inestable); el retrato fotográfico de mi madre que adornaba mi mesa (como una elusión de mi propia responsabilidad, descargando mi problema sobre la espalda de otro, en este caso sobre el rostro de mi progenitora). Ninguna de estas opciones me parecía satisfactoria ni honrosa ni propia de alguien digno de que una persona, quizá un compañero de trabajo o incluso una compañera, se enamorara de él.

Con la rapidez con que las ideas bullen en nuestra mente en los momentos comprometidos, imaginé someramente otras actuaciones, que deseché de inmediato por insuficientes y erróneas: arrancar la hoja manchada (eliminar una parte de mi vida); sustituir mi agenda por otra nueva (olvidar el pasado conlleva repetir los mismos errores, obviar el futuro deviene en irresponsabilidad, y con una agenda nueva renunciaba a las notas que había preparado para las fechas pasadas y venideras); incluso pensé en robar la agenda de un compañero, o en su defecto la de una compañera (lo que hubiera desagradado a mi madre por convertirme en un ladrón, y a mí mismo por obligarme a asumir la vida de otro, con las anotaciones que él hizo en su cuaderno diario, aceptando los avatares de su pasado y aguardando la llegada de su futuro, usurpando mi yo, negando la persona que soy y que posee una agenda y una vida propias). Sin ninguna duda, estas eran soluciones menores e incompletas, como remendar un descosido con un parche, que a su vez deberá ser remendado en el futuro y mientras tanto afea el presente. Sólo cabía actuar con resolución y vehemencia.

Decidido como estaba a resolver mi problema, lo primero que hice fue aceptar que la realidad es imperfecta y desesperanzadora. Al principio la idea me llenó de desencanto y de desánimo. Pero mi decisión y mi voluntad me ayudaron a sobreponerme. Me sorprendí al descubrir en mí cualidades tan nobles como la fortaleza de espíritu y la serenidad, frutos del firme propósito que albergaba. Tomé la agenda entre mis manos abiertas, manteniéndola extendida con la página del trece de febrero ante mis ojos. Con un movimiento lento y triste, pero decidido e indudable, junté las palmas de mis manos; la agenda quedó cerrada entre ellas. La guardé con pausada inquietud en el cajón de mi mesa, inspiré profundamente y levanté la cabeza, clavando mi vista en el frente.

Alicante, 8 de septiembre de 2003

© Felipe Cutillas Turpin. Todos los derechos reservados. Prohibida su reproducción, distribución, comunicación pública, transformación y cualquier uso, incluido el entrenamiento de sistemas de inteligencia artificial, sin autorización escrita del autor.