He pasado mi vida en la almadraba. Cuando era un niño acompañaba a mi padre y abría mis ojos como boyas al verle luchar en el copo, garfio en mano, matando atunes de quinientos kilos. Yo ayudaba en el pañol o colaboraba en lo que podía con los atuneros, que se conformaban con que no estorbara demasiado. En la almadraba me hice hombre y no he conocido otro oficio que el que allí aprendí. Con éste contaba treinta y siete veranos saliendo a faenar, sin haber faltado uno sólo, aunque cada año era más complicado continuar como almadrabero.
Esta temporada la pesca al derecho —a la entrada de los atunes al Mediterráneo— había sido misérrima; apenas trescientos ejemplares se habían izado a cubierta, “ni para cubrir gastos”, como dijo el Tío Chatarra, patrón de la almadraba. Cada primavera llegaban menos atunes y los buques-factoría de don Raimundo los cercaban con alevosía, utilizando redes de arrastre y palangres. Tras capturarlos los llevaban a las granjas de engorde que tenían frente al Cabo de Palos, donde los cebaban como cerdos y debajan su carne magra y sosa, atendiendo a las exigencias de los jefes de cocina japoneses. Además de los buques de arrastre, unos cuatro o cinco barcos —en uno de los cuales estaba yo embarcado— pescaban los atunes que habían venido buscando aguas más cálidas para el desove estival.
El verano fue rancio y en las tabernas se rumiaba entre aguardiente el fin de la almadraba. Los marineros de don Raimundo eran los únicos que se permitían una segunda ronda y sus mujeres elegían sus compras sin atender demasiado al precio. Los almadraberos, por el contrario, mascullaban por anticipado el remiendo del desempleo, una limosna que les permitía vivir entre temporadas.
El aumento de actividad que trajo la calazón, para la vuelta de los atunes, no aplacó el amostazado ambiente de los muelles. El Tío Chatarra, malhumorado por la penosa captura que se vaticinaba, confirmó lo que ya presentíamos: nos jugábamos el porvenir en la pesca del revés, cuando los atunes regresaran al Atlántico. Sin embargo, el destino no fue amable con nosotros. A pesar del trabajo duro de varias jornadas, las capturas escaseaban; el Tío Chatarra se resistía a levantar los atunes, esperando mayor recompensa al trabajo de sus hombres y se escudaba en una respuesta magra y seca como la carne del pescado: “esperemos otra noche”. Pero ya hacía días que no entraba ningún nuevo ejemplar y apenas una docena de atunes se removían en el cuerpo de la almadraba. Los marineros aguardábamos descorazonados. Cada movimiento en el bichero esperanzaba la entrada definitiva de los peces de vuelta, mas cuando el sol se reflejaba en nuestros rostros debilitados, la cámara seguía tan vacía como el atardecer anterior.
El Tío Chatarra terminó por resignarse y mandó cerrar el cerco. Izamos las redes y lo que encontramos nos apenó como el entierro de un náufrago: tan sólo quince atunes habían pasado el buche. En mayor o menor medida, todos esperábamos algo mejor. La amarga visión de la decena y media de bichos que se retorcían en el copo nos sumió en pesimismo y desazón. Miré al Tío Chatarra con los ojos húmedos y salados. Él hizo un gesto estoico con sus dedos cebolludos, animándome a acometer la levantada.
Cuando el cerco fue lo suficientemente estrecho, me armé con mi garfio y salté al copo. Antaño, cinco o seis copejadores necesitábamos varias horas para matar a todos los atunes encerrados y el mar se teñía con su sangre. Esta vez me lancé sólo al copo, no se precisaba garfear demasiado. Uno a uno maté a los atunes, cuidando que la ira que me quemaba por dentro no lastimara al pescado; pretendía ahorrarles sufrimientos al tiempo que conservar su valor en la lonja, que disminuía si estaban muy castigados.
Cada uno de los marineros hizo su faena con rigor. Nuestras caras reflejaban la derrota de los almadraberos y de los atunes, víctimas ambos de los buques-factoría de don Raimundo y de todos los que como él se hacían ricos esquilmando nuestro mar.
La levazón fue tan agria como lo había sido el resto de la temporada. Llegamos a puerto como una flota vencida. No hizo falta que el Tío Chatarra anunciara que los barcos no saldrían el próximo abril, todos lo intuimos.
No dormí esa noche, como no dormiría las siguientes. Ni siquiera me atreví a tumbarme junto a mi mujer; la vergüenza me impedía compartir la cama. Sentía mi derrota como un estigma que mancillaba mi familia. No consentiría que mi esposa tuviera que trabajar en la fábrica de conservas para mantenernos.
A la mañana siguiente rondé por las tabernas del puerto. La brisa salada y densa me ahogaba y pesaba sobre mí como un ancla que me arrastrara con ella al fondo. Bebí para mudar la angustia en ebriedad, tratando de volver a casa sin avergonzarme ante la mirada de mi parentela. No crucé palabra con nadie, ni siquiera acepté sentarme a la mesa con la tripulación de mi barco. Permanecí de pie, acodado sobre la barra, fumando tabaco negro y bebiendo aguardiente.
Una conversación alegre y ruidosa confundió mis turbias elucubraciones. Giré la cabeza y, con la nebulosa visión que el aguardiente me permitía, observé a los patronos de los buques de don Raimundo rodeando a su jefe en la última mesa del local, riendo sumisamente las gracias del cacique, que abrazaba a una puta de tres al cuarto que se las daba de señorita, treinta años más joven que don Raimundo y con la mitad de peso que él.
La irritación por la presencia de mis contrarios inflamó mi pecho, recorriéndolo como un cabo entre las manos. Sentí lastimarse mi estómago, como si un sedal anudara mis vísceras hasta cortarlas. La imagen de los quince atunes y la hemorragia que desaté con mi garfio se representó ante mí, sobre la mesa que ocupaba don Raimundo y sus acólitos. Vi la sangre de los atunes colmando la botella y los vasos de los que bebían, chorreando en la comisura de sus labios, enrojeciendo sus ropas y desparramándose por los bordes de la mesa, mientras anegaba la taberna con su hedor escatológico y amargo.
Salí de la taberna y corrí a buscar refugio cerca de la escollera. Algunos chicos alquitranaban los aparejos, hijos de marineros que no retornarían a la mar, herederos de un oficio extinguido que se afanaban en una tarea estéril; tanto daba pertrechar con corrección los barcos o dejarlos pudrirse en el muelle.
Con un apresurado gesto cogí mi garfio y lo escondí en el bolsillo de mi chaquetón. Volví sobre mis pasos y entré de nuevo en la cantina. Me dirigí a la mesa de don Raimundo y me planté frente a él, soberbio como un navío en la bocana, con mi mano derecha en el interior del bolsillo de mi abrigo asiendo el garfio con firmeza. Evité reflexionar con el fin de que la razón no sometiera a la venganza. Deseaba entregar a don Raimundo las garfiadas que sus buques habían evitado a los atunes.
Contuve mi repulsión ante su cara chata y negruzca como la tinta de calamar. Sin que mediara mi voluntad imaginé la sangre de los atunes derramándose sobre su cabeza y sus hombros, como una lluvia profunda que le arrastrara con ella en una avenida poderosa e irrefrenable.
—¿Qué haces ahí pasmado, Copete? —dijo don Raimundo llamándome por mi apodo.
—Ya sabe usted que se murió la almadraba —respondí sin dejar de mirar sus pequeños ojos inexpresivos de pescado.
—Bueno, era algo que se veía venir. Hay que renovarse, Copete, los tiempos lo exigen.
—¿Esos buques de mierda suyos son la renovación que merecemos? —escupí mientras tanteaba el garfio con mi mano.
—Si no fuera por ellos en este pueblo no habría más que miseria —respondió don Raimundo lanzando una ojeada sibilina a su alrededor.
—Miseria como la que tendrá mi familia y las otras a las que ha mandado al dique seco —gruñí esperando una respuesta salida de tono de don Raimundo para clavar mi garfio en su ojo calculador.
—Vamos, vamos… No seas dramático, Copete. Mientras yo esté aquí no os dejaré sin nada que llevaros a la boca, en mis barcos siempre habrá sitio para un buen marinero.
Mi estupor debió dibujarse en mi rostro. El aguardiente llegó a mis mejillas como una ola rompiendo contra el malecón, inundando mi cara con sus vapores. Mi mano soltó con violencia el garfio y salió del abrigo, mostrándose desnuda a los ojos de don Raimundo. Una marejada de humillación y desaprobación puso cerco al amarre donde atracaban mi porvenir y el de mi familia. Durante unos segundos intenté hacerme con el timón, pero la embestida dio al traste con mi resistencia y balbucí una respuesta de la que me avergoncé tan sólo un instante después de haber salido de mi boca:
—¿Haría usted eso por mí? ¿Me emplearía en uno de sus buques?
Don Raimundo me miró condescendiente y miserable al mismo tiempo:
—Bueno, Copete, un copejador no sirve en mis barcos, ya lo sabes, pero podrías hacer otra cosa. Tienes experiencia y eres un buen marino. Te encontraremos faena a bordo si no eres muy exigente.
Arrastré mi humillación saliendo de la taberna con la cabeza gacha mientras sentía las miradas de mis —hasta entonces— compañeros de tripulación, aguijoneando mi nuca al intentar clavarse en ella como un garfio en el ojo de un atún.
Alicante, 29 de septiembre de 2003