Nanthida cruzó con rapidez el puente Sukhumvit que atraviesa el río Chao Phraya, sumándose a la multitud que regresaba a sus hogares del extrarradio de Bangkok. Detestaba hacer el camino de vuelta a pie; su padre había prometido comprarle una bicicleta no demasiado usada el próximo mes, como regalo de su decimotercer aniversario.
Con los cincuenta dólares que la niña llevaba en su bolsillo hubiera podido alquilar un tuk-tuk a su servicio exclusivo durante tres días. Sin embargo, Nanthida sabía que su padre la molería a golpes si descubría que había gastado un solo centavo de su pequeña fortuna.
Hoy había tenido suerte. Otros niños seguían en los alrededores de Pat Pong a la caza de un cliente: un occidental canoso a bordo de un taxi, algún japonés nervioso observando desde los jardines del Wat Phra Kao, un grupo de escandalosos marines borrachos…
Nanthida se descalzó en el soportal de su casa, una construcción de bambú y techada con ramas secas. Saludó a sus padres y hermanos con el tradicional wai. Tras entregar el dinero obtenido salió a la calle para asearse; tomó agua de un cubo y lavó su cara, manos, codos, rodillas, tobillos y pies.
Entró de nuevo y, postrándose ante la efigie de la diosa Sri que presidía la vivienda, efectuó el wai más reverencial —llevando sus palmas unidas hasta la frente, reservado sólo para las divinidades y el rey Bhumipol—. Nanthida musitó una oración de agradecimiento, encendió una barrita de incienso y rogó a Sri que al día siguiente le ayudara a encontrar otro phemtsum, “el hombre del que llueve el dinero”.
Alicante, 8 de septiembre de 2003