No soy distinta a ti, pero no siempre lo supe.
Hubo un tiempo en que fui incapaz de salir sin mi abrigo mágico. Esa prenda escondía la delgadez extrema, las facciones demacradas. Ahí seguían los ojos hinchados, los moratones, aunque ocultos bajo mi cobertura.
Cuando logré arrinconar aquella capa, no fue mejor: caminé expuesta ante miradas escudriñadoras, como desnuda, convicta de mi deficiencia.
Las piezas tardaron en encajar. Pero, al fin, la realidad se abrió paso sin distorsiones; no fui culpable, sino víctima. Recuperé el respeto, la ilusión, la autoestima. Recuperé mi libertad de amar.
No somos distintas, aunque aún no lo sepas.
Alicante, 6 de diciembre de 2019