Valparaíso, martes 17 de marzo de 2026

He visto en días consecutivos dos películas que no dejan indiferente. Sigo pensando en ambas y creo que, aunque distintas en su ejecución, tienen un mensaje en común: no podemos decidir nuestra naturaleza; en gran medida no podemos elegir qué personas somos. Cada uno es como es y solo cabe aceptarlo.
No voy a hablar aquí de datos técnicos de estas películas. Es fácil obtener todos los detalles con una búsqueda en internet. Prefiero comentar lo que me sugirió su visionado.
Tenemos que hablar de Kevin
Tenemos que hablar de Kevin es una producción británica de 2011, basada en una novela homónima de Lionel Shriver (que desde ya tengo en mi lista de libros a leer).
Para empezar, la técnica de flashbacks y flashforwards y la absurda lentitud del desarrollo de la trama no me gustó. De hecho, estuve tentado de abandonarla a la media hora. Pero el film entrega algunas pistas de lo que está por venir que me mantuvieron interesado. Desde el inicio se entiende que hay algo muy gordo de lo que aún no se habla. Sí, intuyes que el adolescente es un psicópata y que —probablemente— ha realizado un asesinato masivo en su instituto. Pero queda algo por descubrir y eso te mantiene atrapado.
Kevin es un chiflado horrible, aunque su maldad es hipnótica. La forma en que maltrata a su madre debería estudiarse en las universidades de malvados. Lo hace con esa sensibilidad que tienen los malos de verdad: nadie percibe el maltrato salvo quien lo sufre. Puedes convivir con víctima y victimario, como es el caso del padre, y no dar crédito a la víctima. He conocido algunos tipos así: ¡Hola, Juan! Aún te recuerdo, mequetrefe maldito.
Mientras veía la película no podía quitarme de la cabeza el sufrimiento de la madre: ¿cómo escapas de un hijo que te odia?
Se siente piedad ante la impotencia de la madre para evitar los desvaríos del hijo. Hay una escena en la que lo verbaliza: “Desde que Kevin nació, cada mañana mamá desearía estar en Francia”.
El potente mensaje de este film es que no podemos domeñar lo inevitable. Como en el chiste, el escorpión terminará picando a la rana: no puede resistirse. Y un psicópata no puede evitar sus rasgos psicológicos. Carecerá de empatía, no sentirá culpa, será antisocial… Un escorpión no puede esconder su aguijón; Kevin no se esfuerza en huir de su naturaleza.
Lo interesante es cómo la personalidad y los actos de Kevin afectan a su entorno, sobre todo a su madre.
Los domingos
La similitud de estas dos películas es, como ya he dicho, la reacción de los padres ante el carácter de los hijos; la voluntad paterna o materna de intervenir en él. Sin embargo, no es infrecuente que el destino de un hijo sea ajeno a la intervención de sus progenitores.
Los domingos es una deliciosa película española de 2025. Aquí es Ainara, la protagonista adolescente, quien no puede evitar sus impulsos. No es una tendencia homicida, como Kevin, sino impulsos espirituales que le hacen decidir, con solo diecisiete años, que quiere ser monja. El padre no se muestra partidario, pero la principal resistencia la ejerce la tía.
Hay algo rompedor en que una joven española de familia acomodada desee convertirse en monja de clausura. En 2026, la renuncia religiosa parece supeditada a una vida de dificultades y carencias. Se supone que las monjas provienen de estratos sencillos, no de la clase alta. Vienen de países en desarrollo, no son jóvenes de Bilbao.
No haré spoiler. Pero es evidente que, si estoy comparando estas películas, hay una semejanza entre los dos protagonistas adolescentes: ambos ceden irremediablemente a sus impulsos. Los padres, aunque se resistan, solo pueden ser arrollados por la ola. Así que la surfean como pueden para no abandonar a sus hijos.
Sean asesinos o monjas, no dejan de ser sus hijos.