Prefiero un true fan que 100.000 bot followers

Valparaíso, jueves 2 de enero de 2025
Hace unos días vi el documental Fake Famous. Está dirigido por Nick Bilton, una figura especialmente interesante por su recorrido: durante años fue uno de los grandes defensores de las redes sociales y terminó convirtiéndose en un crítico de su lógica y de sus efectos. El documental nace precisamente de ese desencanto y adopta la forma de un experimento sencillo: comprobar hasta qué punto la fama digital puede fabricarse desde cero.
Los datos iniciales ya son reveladores. Hoy existen decenas de millones de personas con cifras de seguidores que, hace apenas una década, habrían parecido inalcanzables. En ese contexto, el equipo lanzó una pregunta directa: Do you want to be famous? Recibieron alrededor de cuatro mil solicitudes. De todas ellas eligieron a tres personas sin talentos artísticos, habilidades especiales ni trayectoria previa. Si lograban hacerse famosas, sería únicamente gracias a las redes sociales.
El experimento demuestra algo inquietante. Con una combinación de imágenes cuidadas, escenarios aspiracionales y una inversión inicial en visibilidad, es posible simular el éxito. En uno de los casos se compran miles de seguidores falsos. A partir de ahí, el algoritmo hace su trabajo. La apariencia de popularidad atrae más popularidad. No hay talento detrás, solo una puesta en escena bien calculada.
De los tres participantes, solo una consigue consolidar un perfil rentable y convertir esa fama artificial en contratos con marcas y oportunidades profesionales. Aun así, el documental cumple con creces su objetivo: mostrar lo frágil y superficial que es buena parte del ecosistema influencer. Como señala Justine Bateman (Fame: Highjacking), antes la fama solía estar asociada a algún tipo de talento. Con la necesidad constante de producir contenido, se abrieron otras vías: realities, personajes famosos solo por estar ahí, visibles pero intercambiables.
El documental también ayuda a nombrar lo que realmente son muchos de estos perfiles. No son artistas ni creadores en sentido estricto. Son presentadores de productos, extensiones publicitarias, rostros al servicio de marcas. Su función no es expresar una voz propia, sino vehicular mensajes comerciales. En ese marco, la autenticidad deja de ser un valor y pasa a ser un decorado más.
Si hay una conclusión clara, es que incluso dentro de este sistema la constancia sigue siendo necesaria. Nadie llega a ningún sitio sin repetir, insistir y sostener el esfuerzo durante un tiempo. Pero también queda claro que la fama entendida así tiene poco que ver con el sentido, con el oficio o con la satisfacción personal.
Por eso, si tuviera que quedarme con una sola idea de Fake Famous, sería esta: prefiero un solo true fan, alguien que sigue tu trabajo porque conecta de verdad con lo que haces y con quien eres, antes que cien mil bot followers. No solo por una cuestión ética, también práctica. Los números inflados no sostienen nada. Las personas reales, sí.

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