Alicante, viernes 4 de septiembre de 2026

Es deprimente vivir en la caldera en la que se ha convertido Europa. Y no me refiero al asfixiante clima político, con amenazas y retos que llegan de todas partes, sino al calor abrasador.

Por lo que parece, no es una situación anecdótica. Tendremos que aprender a vivir sin que el termómetro baje de los 30°C entre junio y septiembre.

Lo más triste es que ni siquiera ahora estamos dispuestos a cambiar nuestras políticas industriales y de consumo.

Esto no ha ocurrido de la noche a la mañana. Llevamos cuarenta años oyendo hablar de esto.

En 1992, Al Gore publicó Earth in the Balance. Aunque, en los años noventa, los científicos escépticos tenían la misma credibilidad que los que presentaban pruebas del desastre climático que se avecinaba.

En 2006, Al Gore volvió a la carga con An Inconvenient Truth. Ya no quedaban muchas dudas al respecto, pero el orden político se negaba a actuar porque eso implicaba modificar nuestra conducta (la del capitalismo exacerbado y el uso masivo de combustibles fósiles). Y, por tanto, acabar con el negocio de algunos, aquellos a los que el planeta les trae sin cuidado.

El Acuerdo de París (2015) pareció ser un punto de inflexión. Pero no pasó de ser un brindis al sol (nunca mejor dicho). A pesar de la certeza del desastre que se avecinaba, no nos detuvimos. De hecho, Trump sacó a EE. UU. del Acuerdo en 2017.

Y así llegamos a la década de 2020, en la que hemos estado tan ocupados con invasiones y pandemias que se nos ha olvidado insistir en este asunto.

Ahora hace mucho calor, no podemos salir de casa y la gente muere, literalmente. Pero seguiremos sin corregirnos.